Por Tom el Afortunado.
Oigo el impacto de la
bota del lanzador contra el balón y supongo que, ahora mismo estará volando por
el aire, hacia el campo de los enanos. Digo que lo supongo porque mi mundo ha
quedado reducido al rugiente enano que tengo delante que, con un bramido
estruendoso se ha lanzado a por mí. Sus pequeñas, fuertes y retorcidas piernas
han actuado como un resorte, impulsando esa bala barbada hacia su objetivo: yo.
Siento la descarga de la
adrenalina en mi estómago, un calor que inhibe todo pensamiento lógico y
concentra todas las energías de mi cuerpo en sobrevivir. Actúo, sin más. Me desplazo
ligeramente hacia mi derecha, para que el enano impacte contra el aire en vez
de contra mis rodillas. Aprovecho el movimiento para empujar con fuerza al
enano con mis manos, que apoyo en sus hombros. El enano, ya de por sí
desequilibrado por culpa de mi finta, pierde totalmente el equilibrio con mi
empujón. Por si acaso el cabrón es tan duro como su aspecto indica, le pateo el
culo para asegurarme de que termina en el suelo.
Allá va, resbalando entre
barro y hierba machacada, con la cara enterrada en el lodazal. Tengo tiempo
para echar un rápido vistazo a mi alrededor, aunque apenas consigo distinguir
nada. La actividad es frenética, se suceden los golpes, los gritos de dolor y
los salvajes alaridos de triunfo.
Alguien cae cerca de mi posición, salpicándome
de barro. El golpe ha sido seco, como un fardo que cae al suelo desde lo alto
de un granero.
El enano tuerto se está
incorporando, han sido apenas unos instantes de calma. La mirada que me echa,
entre el barro que le impregna todo el rostro es de odio absoluto. Sé que no
debería dejar que se levantara; puede que no tenga otra oportunidad así. Maldigo
mi estupidez. En vez de haber contemplado el paisaje, como si la cosa no fuera
conmigo, debería haberme asegurado de que el enano quedaba fuera de combate. No
volverá a suceder.
Mi intención es patearle
mientras aún sigue en el suelo. Su posición, con el hombro derecho todavía
hundido en el fango y las rodillas clavadas en la tierra, es inmejorable para
machacarle las costillas. Sin embargo, el enano gira los hombros de manera
inesperada, lanzándome barro a la cara con su mano derecha. Instintivamente cierro
los ojos, giro la cabeza y levanto las manos para protegerme. No ha logrado
cegarme, creo, pero sí distraerme lo suficiente.
El golpe me deja sin
respiración, una patada en la boca del estómago me dobla las rodillas y me hace
inclinar la cabeza hacia adelante. El maldito enano es mucho más rápido de lo
que parece. Todavía sigue arrodillado, con la pierna que me ha golpeado en el
aire y una mano apoyada en el barro, para guardar el equilibrio. Apenas logró
ver el movimiento de su bota, sólo noto el golpe.
Caigo boca arriba,
aturdido y sin resuello. Parpadeo con lentitud, intentando apagar los chispazos
azulados que bailan delante de mis ojos. La bota me ha golpeado justo debajo de
la oreja izquierda; afortunadamente, me ha impactado con el empeine y la
puntera metálica apenas me ha rozado. El pitido que tengo en el oído es
ensordecedor.
Veo el cielo o, al menos,
lo intuyo. Hay una sombra que me obstaculiza la visión. Es el enano, que viene
a rematar la faena.
* La imagen que acompaña este artículo procede de esta página

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