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domingo, 9 de junio de 2013

Blood Bowl. Las Aventuras de Tom el Afortunado V




Oigo el impacto de la bota del lanzador contra el balón y supongo que, ahora mismo estará volando por el aire, hacia el campo de los enanos. Digo que lo supongo porque mi mundo ha quedado reducido al rugiente enano que tengo delante que, con un bramido estruendoso se ha lanzado a por mí. Sus pequeñas, fuertes y retorcidas piernas han actuado como un resorte, impulsando esa bala barbada hacia su objetivo: yo.
Siento la descarga de la adrenalina en mi estómago, un calor que inhibe todo pensamiento lógico y concentra todas las energías de mi cuerpo en sobrevivir. Actúo, sin más. Me desplazo ligeramente hacia mi derecha, para que el enano impacte contra el aire en vez de contra mis rodillas. Aprovecho el movimiento para empujar con fuerza al enano con mis manos, que apoyo en sus hombros. El enano, ya de por sí desequilibrado por culpa de mi finta, pierde totalmente el equilibrio con mi empujón. Por si acaso el cabrón es tan duro como su aspecto indica, le pateo el culo para asegurarme de que termina en el suelo.

Allá va, resbalando entre barro y hierba machacada, con la cara enterrada en el lodazal. Tengo tiempo para echar un rápido vistazo a mi alrededor, aunque apenas consigo distinguir nada. La actividad es frenética, se suceden los golpes, los gritos de dolor y los salvajes alaridos de triunfo.
 Alguien cae cerca de mi posición, salpicándome de barro. El golpe ha sido seco, como un fardo que cae al suelo desde lo alto de un granero.
El enano tuerto se está incorporando, han sido apenas unos instantes de calma. La mirada que me echa, entre el barro que le impregna todo el rostro es de odio absoluto. Sé que no debería dejar que se levantara; puede que no tenga otra oportunidad así. Maldigo mi estupidez. En vez de haber contemplado el paisaje, como si la cosa no fuera conmigo, debería haberme asegurado de que el enano quedaba fuera de combate. No volverá a suceder.
Mi intención es patearle mientras aún sigue en el suelo. Su posición, con el hombro derecho todavía hundido en el fango y las rodillas clavadas en la tierra, es inmejorable para machacarle las costillas. Sin embargo, el enano gira los hombros de manera inesperada, lanzándome barro a la cara con su mano derecha. Instintivamente cierro los ojos, giro la cabeza y levanto las manos para protegerme. No ha logrado cegarme, creo, pero sí distraerme lo suficiente.

El golpe me deja sin respiración, una patada en la boca del estómago me dobla las rodillas y me hace inclinar la cabeza hacia adelante. El maldito enano es mucho más rápido de lo que parece. Todavía sigue arrodillado, con la pierna que me ha golpeado en el aire y una mano apoyada en el barro, para guardar el equilibrio. Apenas logró ver el movimiento de su bota, sólo noto el golpe.
Caigo boca arriba, aturdido y sin resuello. Parpadeo con lentitud, intentando apagar los chispazos azulados que bailan delante de mis ojos. La bota me ha golpeado justo debajo de la oreja izquierda; afortunadamente, me ha impactado con el empeine y la puntera metálica apenas me ha rozado. El pitido que tengo en el oído es ensordecedor.
Veo el cielo o, al menos, lo intuyo. Hay una sombra que me obstaculiza la visión. Es el enano, que viene a rematar la faena.

* La imagen que acompaña este artículo procede de esta página
 

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