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domingo, 23 de junio de 2013

Blood Bowl. Las Aventuras de Tom el Afortunado VI



Por Tom el Afortunado.

Una mueca a modo de sonrisa se dibuja en el rostro del enano; debe ser la satisfacción de ver al enemigo derrotado. Ayer pertenecíamos a galaxias diferentes; en circunstancias normales, nuestras vidas jamás se hubieran cruzado. Hace apenas veinte minutos yo no existía para el enano y, en cambio, ahora parece que va a disfrutar con mi muerte.
Por mi mente no cruza ningún pensamiento fugaz, ninguna frase lapidaria, ninguna revelación final; no veo mi vida pasar por delante de mis ojos, ni escucho música de ningún tipo. Sólo una frase, “así que esto es el final” y un deseo irrefrenable de estar en cualquier parte menos aquí. Me temo que me voy a quedar con las ganas, porque los milagros no existen.
El enano se prepara para estamparme la bota con puntera tachonada en toda la cara. Todo sucede en cuestión de décimas de segundo. Echa los hombros levemente hacia atrás, iniciando la maniobra para coger impulso y concentrando toda su fuerza en este movimiento. Y de repente, milagro.

Un relámpago plateado irrumpe en la escena, sin apenas dar tiempo a ver de qué se trata. El enano cierra los ojos, abre la boca y la lengua le cae fláccida, inerte a un lado. El puño del medio-algo descansa sobre su oreja izquierda. Un hilo de sangre brota por la boca del enano, cuyos ojos se han abierto, mostrando una mirada casi vidriosa; el hilo ahora es un chorro y la cabeza le cae a un lado. Caería al suelo si el medio-algo no lo estuviera sujetando. El tipo me mira sonriente, mostrando la irregular y asquerosa dentadura; diría que un par de las piezas que me enseña son de hierro.
“Ozz”, me dice, sin dejar de sonreír, mientras separa el puño de la cabeza del enano, extrayendo el pincho metálico que me ha salvado la vida, ahora chorreante de sangre y sesos del enano.  Mientras éste cae al suelo, mi salvador gira la cabeza y, rápido como una centella, sale corriendo hacia nadie sabe dónde.
Parpadeo estupefacto un par de veces, contemplando cómo el cuerpo del enano cae muy despacio al suelo. Cuando su cabeza toca la hierba y la sangre empieza a derramarse por la tierra, el mundo vuelve a girar a la velocidad normal.
Me levanto, no sin esfuerzo y miro a mi alrededor. Miro sin ver, es imposible centrar la atención en algo. Mi campo visual se llena de barbas, cascos, carne y dolor. Oigo quejidos, gritos de guerra, golpes de todo tipo y, de fondo, el rugido del maldito público. Entre el golpe que el enano me dio detrás de la oreja y el caos que me rodea, me siento verdaderamente mareado.
Lo que no sé es si marearse es una buena idea en este momento y lugar.

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domingo, 9 de junio de 2013

Blood Bowl. Las Aventuras de Tom el Afortunado V




Oigo el impacto de la bota del lanzador contra el balón y supongo que, ahora mismo estará volando por el aire, hacia el campo de los enanos. Digo que lo supongo porque mi mundo ha quedado reducido al rugiente enano que tengo delante que, con un bramido estruendoso se ha lanzado a por mí. Sus pequeñas, fuertes y retorcidas piernas han actuado como un resorte, impulsando esa bala barbada hacia su objetivo: yo.
Siento la descarga de la adrenalina en mi estómago, un calor que inhibe todo pensamiento lógico y concentra todas las energías de mi cuerpo en sobrevivir. Actúo, sin más. Me desplazo ligeramente hacia mi derecha, para que el enano impacte contra el aire en vez de contra mis rodillas. Aprovecho el movimiento para empujar con fuerza al enano con mis manos, que apoyo en sus hombros. El enano, ya de por sí desequilibrado por culpa de mi finta, pierde totalmente el equilibrio con mi empujón. Por si acaso el cabrón es tan duro como su aspecto indica, le pateo el culo para asegurarme de que termina en el suelo.

Allá va, resbalando entre barro y hierba machacada, con la cara enterrada en el lodazal. Tengo tiempo para echar un rápido vistazo a mi alrededor, aunque apenas consigo distinguir nada. La actividad es frenética, se suceden los golpes, los gritos de dolor y los salvajes alaridos de triunfo.
 Alguien cae cerca de mi posición, salpicándome de barro. El golpe ha sido seco, como un fardo que cae al suelo desde lo alto de un granero.
El enano tuerto se está incorporando, han sido apenas unos instantes de calma. La mirada que me echa, entre el barro que le impregna todo el rostro es de odio absoluto. Sé que no debería dejar que se levantara; puede que no tenga otra oportunidad así. Maldigo mi estupidez. En vez de haber contemplado el paisaje, como si la cosa no fuera conmigo, debería haberme asegurado de que el enano quedaba fuera de combate. No volverá a suceder.
Mi intención es patearle mientras aún sigue en el suelo. Su posición, con el hombro derecho todavía hundido en el fango y las rodillas clavadas en la tierra, es inmejorable para machacarle las costillas. Sin embargo, el enano gira los hombros de manera inesperada, lanzándome barro a la cara con su mano derecha. Instintivamente cierro los ojos, giro la cabeza y levanto las manos para protegerme. No ha logrado cegarme, creo, pero sí distraerme lo suficiente.

El golpe me deja sin respiración, una patada en la boca del estómago me dobla las rodillas y me hace inclinar la cabeza hacia adelante. El maldito enano es mucho más rápido de lo que parece. Todavía sigue arrodillado, con la pierna que me ha golpeado en el aire y una mano apoyada en el barro, para guardar el equilibrio. Apenas logró ver el movimiento de su bota, sólo noto el golpe.
Caigo boca arriba, aturdido y sin resuello. Parpadeo con lentitud, intentando apagar los chispazos azulados que bailan delante de mis ojos. La bota me ha golpeado justo debajo de la oreja izquierda; afortunadamente, me ha impactado con el empeine y la puntera metálica apenas me ha rozado. El pitido que tengo en el oído es ensordecedor.
Veo el cielo o, al menos, lo intuyo. Hay una sombra que me obstaculiza la visión. Es el enano, que viene a rematar la faena.

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viernes, 17 de mayo de 2013

Blood Bowl. Las Aventuras de Tom el Afortunado IV



Me sitúo en la línea que delimita el centro del campo. Bueno, supongo que debería decir que me sitúan, ya que el medio-algo, nada más entrar en el campo, llamó mi atención con uno de sus dedos, señalándome y moviéndolo para que me acercara a él. Caminé despacio hacia donde se encontraba, me pasó un brazo por los hombros y me situó donde estoy ahora. Al tipo flacucho con el que compartía el banquillo hasta hace unos instantes lo han colocado un poco más a mi derecha, también cerca de la línea del centro del campo.
Giro la cabeza a mi izquierda y cuento el número de integrantes de mi equipo. Ocho. Se supone que deberíamos ser once y sobre el campo sólo estamos ocho. Maticemos: sobre el campo sólo quedamos ocho. En el banquillo se encuentran los heridos, como el tipo al que he sustituido, el del tobillo destrozado y otros dos compañeros, uno que apenas puede mover el brazo izquierdo y otro con una herida sangrante en el costado izquierdo. Si la vista no me falla, esa herida parece una puñalada; tiene suerte de poder caminar: un poco más arriba y le hubieran alcanzado el corazón.

Además de ellos,  los inmóviles, los menos afortunados. Entre estos últimos, los dos tipos que fueron pateados por el público que invadió el campo, de las primeras cosas que vi cuando abrí los ojos. Junto a ellos, tirado en un rincón, el compañero al que uno de los enanos estampó una bota claveteada en toda la cara. Su rostro no se distingue desde mi posición; sólo se ve una masa informe de color rojizo. Pobre diablo.
Un gruñido cerca de mí me devuelve a esta línea del centro del campo en la que me encuentro. El origen del ruido es la garganta del enano que tengo enfrente. Apenas me llega a la cadera, pero el cabrón asusta. Lleva un pañuelo atado en la frente, que le tapa el ojo derecho. Un líquido purulento le chorrea de ahí, manchándole una barba ya de por sí bastante asquerosa. La barba le llega por la cintura, recogida en dos enormes coletas y sujetadas ambas con el cinturón. La redonda barriga queda protegida por la armadura que cubre todo el torso, con pinchos oxidados del tamaño de una cuarta en los hombros. Golpea el suelo con su bota izquierda. La puntera, reforzada con algún metal, horada la tierra, como si quisiera buscar un punto de apoyo para lanzarse con más fuerza contra mí. El tipo no me quita ojo, nunca mejor dicho. Está claro que soy su objetivo.

Miro a mi derecha en busca de apoyos. El medio-algo se sitúa un par de metros más allá, sonriendo desafiante al enano que tiene delante. Se lleva el dedo al cuello y lo mueve de izquierda a derecha, como si lo cortara, sin dejar de sonreír. El enano al que le dedica el gesto, el medio-algo y yo lo tenemos claro: ese enano va a durar muy poco.
Otro gruñido me recuerda que yo también tengo un rugiente problema a menos de un metro de distancia. El enano tuerto se va a lanzar a por mí en cuanto nuestro lanzador, el tipo que lleva el musculado brazo izquierdo desprotegido, dé la patada al balón para mandarlo al campo de los enanos.
El árbitro se lleva el silbato a los labios y da la señal. Elevo la vista al cielo por un momento. Antes de que mi universo se reduzca a sobrevivir ante un enano enloquecido, quiero echar un vistazo a esas nubes surcadas por el balón pateado. Puede ser la última vez que lo haga.

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miércoles, 1 de mayo de 2013

Blood Bowl III


Blood Bowl

Por Tom el Afortunado.

Y mientras el balón vuela hacia el receptor, el tiempo parece ralentizarse. Sé que es una frase hecha, tan escuchada que apenas sí tiene valor, pero creedme cuando os digo que en esos escasos segundos que duró el trayecto aéreo del balón, en mi cabeza resonaban los ecos del debate estrella de la última hora: ¿cómo coño he llegado aquí?
La historia del marinero emborrachado, embaucado y drogado es más vieja que la propia vida y, sin embargo, no tengo otra que ofrecer. Cuántas veces me contaron una historia similar, con un comienzo del tipo “lo último que recuerdo es desembarcar, entrar en una taberna del puerto y empezar a beber”, y con un final a elegir entre “me desperté encadenado”, “amanecí en el suelo del cuartel” o “recobré la conciencia porque el corsé me apretaba en exceso los pechos… ¡un momento! ¿Desde cuándo tengo pechos?”.
Y cuántas veces esa historia, cientos de veces escuchada y cientos de veces negada, provocaba la misma reacción en el público. Movimientos de cabeza, leves fruncimientos de labios, tironcitos de barba, encogimientos de hombros, sorbos de cerveza y miradas bajas. Nunca creí en la veracidad de esas historias, ¿por qué vais a creer en la mía vosotros?

Las manos del receptor embolsan el balón. ¡Maldita sea, lo ha atrapado! Levanta el trofeo y lo exhibe al público mientras camina lentamente hacia la zona de anotación. La gente se vuelve loca. El griterío es sobrecogedor; imagino que el receptor estará en una nube, disfrutando del momento, del fervor del público, de la envidia, de las alabanzas, de la admiración y del éxito. ¿Y si no hubiera atrapado la pelota? Con toda probabilidad, los mismos que ahora le aclaman estarían aborreciéndole, lanzándole todo tipo de objetos y renegando de él. He ahí la fugacidad del heroísmo en el Blood Bowl. Es más, incluso en su caso, habiendo atrapado el balón y anotado el touchdown, la mayor victoria está aún por llegar: seguir vivo cuando termine el partido.

El árbitro señala con su silbato el tiempo designado para que las asistencias médicas retiren del campo a los heridos y muertos. A un enano que se queja del hombro derecho le sujetan entre dos tipos de piel verdosa, mientras un tercero, que hasta que el árbitro pitó estaba a unos metros de mí, terminándose el tercer barril de cerveza de la tarde, agarra la cabeza del enano, estirando del cuello hasta que se escucha un crujido y el enano deja de moverse. Supongo que pretendía colocarle el hombro, pero le ha partido el cuello. Las garras de los matasanos matan mucho más que las propias heridas. Y eso que hay heridas que tienen muy mal aspecto, como las del tipo al que sustituyo, con el tobillo tan inflamado que parece abultar el doble que el sano. Rotura de hueso segura; tendrá suerte si vuelve a caminar.
Esa misma suerte que espero que me ampare dentro del terreno de juego. 

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martes, 23 de abril de 2013

Blood Bowl II


Blood Bowl

Por Tom el Afortunado.
 
¡Buuummm! El estruendo del metal contra el metal me hace girar la cabeza hacia el lugar de donde proviene el ruido. Uno de los nuestros ha sido placado por dos enanos en una perfecta colaboración, mientras el uno le sujetaba del brazo el otro le ha embestido el estómago con el casco por delante. El placado, desequilibrado y levantado en el aire un par de metros por el enano que le ha golpeado, ha soltado el balón, que ahora rebota a un par de metros de donde se ha producido la colisión.
Un tercer enano corre hacia el balón caído, la cara congestionada por el esfuerzo y la falta de aire; esa armadura que le oprime el pecho sería perfecta para él si pesara 25 kilos menos. Su objetivo es el balón, está claro, no existe nada más. Nos damos cuenta cuando el placado le aterriza encima. Otro golpe de metal contra metal, carne lacerada, hueso quebrado y tierra humedecida. El enano yace boca abajo, con la cara semienterrada, completamente inmóvil; el humano que le ha caído encima levanta la cabeza, justo a tiempo para que otro enano le estampe una bota con puntera metálica en toda la boca. Una mezcla de sangre y fragmentos de diente traza un arco rojizo que salpica a los que están cerca. Pegan duro estos enanos, malditos sean. Ahora sí, el tipo ha quedado tendido boca abajo, inconsciente en el mejor de los casos.

La grada celebra el golpe con aplausos y vítores; la multitud enfervorecida se aferra a los barrotes, meneando las vallas de manera alarmante. No me preocupo por ellos, por supuesto. Ojalá la valla les caiga encima a todos y los deje secos. Lo que me aterra es que puedan invadir el campo. Sedientos de sangre como están, enfrentarse a ellos sería luchar por sobrevivir. Siento la salpicadura de un líquido caliente en el brazo izquierdo. “Espero que se trate de ese vino tan especiado que tanto gusta por aquí”, pienso según giro la cabeza para ver de qué se trata. El color es rojizo, podría ser vino, sí, aunque la espesura del líquido me contradice. Sangre. El infortunado sujeto del que proviene está siendo literalmente machacado contra los barrotes que nos separan del público a los que nos sentamos en el banquillo. Pobre diablo, se encontraba en el lugar equivocado a la hora equivocada. “Igual que yo”, pienso con ironía.

Mi atención regresa al campo, a uno de los nuestros, un tipo no muy alto pero con unos brazos tremendamente fuertes. El derecho protegido por una armadura, desde el hombro hasta la mano; el izquierdo, al aire, carne mortal esperando ser agredida. En el hombro descubierto un tatuaje con el número siete en color azul.
El tipo esquiva con facilidad a un enano que se le venía encima, ya trastabillado por la carrera que se había dado. Con una simple finta de cadera evitó el único obstáculo que se interponía entre él y el balón. Echa un rápido vistazo a su alrededor y se agacha a por él. Lo coge con la mano derecha y se lo cambia de mano. Endereza la espalda y lleva el brazo izquierdo hacia atrás, con la mano derecha también sujetando el balón. Mira por encima de las cabezas que tiene delante y suelta el brazo, lanzando el balón lejos, muy lejos, a la otra zona del campo, donde otro de los nuestros está haciendo gestos con una mano: “estoy solo, tío, pásamelo”.

El balón surca el aire. Mis sentimientos son contradictorios; por un lado, querría que atrapara el balón y anotara el touchdown. Aunque no conozca de nada a esta gente su ropa es del mismo color que la mía. Suficiente diferencia para establecer un “nosotros” y un “ellos”, ¿no? Si anota, nos pondremos por delante.
Por otro lado, si atrapa el balón y anota, me tocará salir a jugar. O a morir. O a matar. Así es el Blood Bowl.

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