Etiquetas

relato (13) Noticias del mundo exterior (11) Aventuras de Tom el Afortunado (6) Blood Bowl (6) Periodismo (5) crítica (5) reflexión (5) Mariano Rajoy (4) humor (4) Esperanza Aguirre (3) Pablo Iglesias (3) Pedro Sánchez (3) audiorrelato (3) diario de alfredos (3) mi ventana (3) Emilio Botín (2) Podemos (2) gatas (2) gatos (2) invidentes (2) ironía (2) ébola (2) Albert Rivera (1) Ana Mato (1) Artur Mas (1) Barack Obama (1) Binta (1) Bogui Jazz (1) Camino Beturia (1) Carlos Fabra (1) Chuck Norris (1) Ciutadans (1) César Vidal (1) Día Mundial (1) Educación (1) Federico Jiménez Losantos (1) Felipe VI (1) Feliz entasaño (1) Gandalf (1) Gata (1) Harmonía Big Band Project (1) Ignacio González (1) Javier Fernández (1) Javier Fesser (1) Jordi Hurtado (1) Jorge Fernández Díaz (1) José Saramago (1) Julio Cortázar (1) LOMCE (1) Las Casas del Conde (1) Libro Rojo (1) Manuel Chaves (1) Marca España (1) María Dolores de Cospedal (1) Mongolia (1) Museo Tiflológico (1) ONCE (1) PSOE (1) Parkinson (1) Partido Popular (1) Pedro Simón (1) Pequeño Nicolás (1) Rafael Hernando (1) Robert Capa (1) Rodrigo Rato (1) Rouco Varela (1) Río Francia (1) Salamanca (1) Segunda Guerra Mundial (1) Semana Santa (1) Suiza (1) Síndrome de Down (1) U2 (1) Yo también (1) africanos (1) alfredos (1) apelidos (1) atropello (1) avutardas (1) casa rural (1) cine (1) coronación (1) crónica (1) cultura (1) definición (1) documental (1) empatía (1) esclavitud (1) fantasía (1) fealdad (1) felicidad (1) fotografía (1) fútbol (1) gasolina (1) gato (1) gran idea (1) indignación (1) investigación (1) juego (1) lluvia (1) magia (1) marea verde (1) muerte (1) naturaleza (1) participa (1) pensamiento (1) pensiones (1) publicidad (1) quiénes somos (1) realidad (1) sarcasmo (1) sentido común (1) señoras (1) sierra de Aracena (1) sueños (1) tiza (1) vida (1) viñeta (1) vídeo (1) África (1)
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de agosto de 2014

La muerte en la gran ciudad

El lunes era un gato, sin duda, un gato muerto, atropellado, tirado en el medio de la calzada, congelado en un salto eterno, como si se tratara del logotipo de alguna marca de calzado deportivo. Más que un gato, un proyecto de gato, un gatito que eligió el momento equivocado del día para cruzar al otro lado.
Su cuerpo quedó en perpendicular a la línea blanca que dividía ambos carriles, la cabeza y las patas delanteras a un lado de la vía, el rabo y las patas traseras en el otro lado. Pelo, piel, carne y uñas derrotadas, postradas sobre el asfalto vencedor. La vida, los restos de esa breve vida atropellada, servida en bandeja de alquitrán, un breve desayuno para la ciudad que despierta.

El martes el gato seguía sobre la vía pero había cambiado de postura, como si en medio del sueño se le hubiera quedado una pata debajo del cuerpo y, dormida y casi extraña al resto del gato, provocara ese movimiento casi involuntario. Pero no había sueño, sino muerte, muerte enroscada, no estirada como el día anterior, pero muerte al fin.
El miércoles el gato había perdido la tridimensionalidad y yacía aplanado en el mismo punto que los días anteriores, alfombrando la vía para que los coches homicidas no notaran el frío del asfalto. La vida debe estar al servicio de la máquina.
El jueves el gato era una pegatina despeluchada adherida a la carretera, parte de la decoración de la ciudad, una de las mejoras del ayuntamiento para humanizar la vida diaria de esta urbe. Que la piel forre las paredes, que el pellejo decore el asfalto, que la carne alicate las aceras. ¿Quién dijo que la gran ciudad era hostil a la vida?

El viernes el gato era una sombra oscura, un recuerdo del gato que un día fue para quienes lo conocimos al inicio de la semana, una mancha con restos de pelo y vísceras para los recién llegados. Podría ser cualquier cosa, el vómito de una persona o el de un vehículo, los restos de un desayuno excesivamente copioso o el aceite de motor que empacha el cárter. Un resto, nada más.
El sábado el gato ya ni se diferenciaba de las otras manchas de la vía, los recortes en los servicios de limpieza de algunos barrios (los barrios obreros, no los de la gente guapa) hacen que las aceras y las carreteras luzcan moteadas, mierda seca, mierda húmeda o mierda a medio secar, sombra aquí y sombra allá, el maquillaje habitual de la gran ciudad. Solo mierda, desechos indistinguibles del resto de la basura gris que manda en las calles de esta urbe despiadada, una trituradora de carne que digiere los cadáveres de sus habitantes, sin pausa, sin prisa, sin lágrimas.

El domingo el gato nunca existió. La ciudad lo mató. La ciudad lo devoró. La ciudad lo ignoró.

La imagen que acompaña este artículo procede de esta página.

viernes, 14 de marzo de 2014

Una ventana gris Gandalf

Llueve. Llueve mucho. Las gotas resbalan por el exterior del cristal, poquito a poco, como siguiendo un camino invisible al ojo humano, buscando compañía y, cuando se juntan con otras gotas se cogen de la mano y se aceleran, corriendo cristal abajo, felices de haber encontrado una arteria principal que les conduce hacia su destino, el final del cristal, el metal que lo bordea y el alféizar que espera más allá, donde descansarán hasta que la próxima salida de sol las seque y las mande de vuelta a las nubes, a la espera de la siguiente descarga de lluvia.
Un ciclo infinito de agua de arriba abajo y de abajo arriba, un tobogán de diversión sin fin, un parque de atracciones para gotas de lluvia. 

En invierno, hay semanas en los que el ciclo parece solo de caída, días y días de gris eterno y húmedo, tap-tap-tap en el cristal monótono y constante. En los pocos días en los que el agua no cae, se puede ver que el cielo no tiene un único color gris, sino muchos. Gris más oscuro, casi negro, donde la tormenta se está formando, nubes que se arriman las unas a las otras, tal vez para protegerse del frío, sumando sus grises hasta oscurecer el cielo. Gris más claro en las zonas por las que se adivina el sol, tras las que se sospecha que se esconde, abrumado entre tanta nube, como un artista cohibido en su camerino ante la acumulación de fans histéricas a la puerta. "El cielo es gris Gandalf", dijo un día mi amigo Alberto. Y tiene razón. Es como si el mago hubiera extendido su vieja túnica a modo de mantel y los pliegues de la tela formaran los claroscuros que vemos desde abajo.

Mi ventana está hecha de lluvia gris. Parece líquida. Si pudiera moverme me acercaría a ella y lamería el cristal. Me bebería la ventana. Nunca tengo sed pero cuando contemplo la ventana me entran ganas de beber. De beberme la ventana, de beberme el cielo gris, de beberme la túnica de Gandalf. Y volaría, y cruzaría el cielo, y llegaría más allá de las nubes, donde habita el sol, y lo miraría directamente y le pediría que se atreviera a salir del camerino, se enfrentara a sus nubes seguidoras, las apartara y saliera al escenario, un rayo de sol, uo-oh-oh, que ya está bien de tanto gris.
Cuando tu espacio vital se reduce a una cama y tu mundo lo forma una ventana líquida, la misma puta ventana todos los días, el gris Gandalf se come el ánimo.

La imagen que acompaña este artículo procede de esta página

martes, 11 de febrero de 2014

La magia

Me senté al borde de la acera. Un grupo de niños y niñas estaban cerca de mí y me miraban con curiosidad. Un cachorrito de perro nos observaba a una distancia prudente mientras se rascaba las pulgas. Miré al perro y le silbé para que viniera a mí pero, por más que lo llamaba no había manera. Uno de los niños se sentó a mi lado. ¿Quieres que haga magia?, me dijo. Claro que sí, le contesté
Sacó de uno de sus raídos bolsillos un pañuelo. Lo abrió y apareció una pequeña piedra de cal. "Es una piedra mágica. Solo tienes que saber dibujar", explicó sonriendo.
Dibujó un hueso en el suelo y silbó al perro. Para mi asombro, el cachorro movió la cola y vino hasta nosotros.
"Para hacer magia, se necesita saber que es lo que necesitan los otros. Si se lo das o le ayudas a conseguirlo, la magia aparece", me dijo. 
Sonrió y regresó con el grupo.
En otra ocasión, los vi tristes y tirados en la estación de autobuses. Un compañero suyo había desaparecido. El chico de la magia dibujó con la tiza un montón de cuadraditos en el suelo. De inmediato, algunos se pusieron a jugar, con lágrimas en los ojos. 
Así es el poder de la magia.
Me acerqué al chico de la tiza y le dije: "Te compro un trozo de tiza mágica".
Partió un pequeño pedacito y me lo dio.
"La magia no se vende", me contestó. 
"La magia existe y se da. Sólo hay que saber dibujar", añadió.

La imagen que acompaña este artículo procede de esta página

martes, 29 de octubre de 2013

Instrucciones de vida

Nací, crecí, jugué, estudié, consumí (por supuesto) y cumplí..
Me engañaron, me anestesiaron, me domaron y me inocularon conformismo.
Protesté, luché, acampé, insulté y me indigné.
Miré a mi alrededor y expliqué, contagié y desperté.
Empezó la liga de fútbol y todo se olvidó.

lunes, 14 de octubre de 2013

Tres mujeres en un cerro

Hace unos días, tres mujeres contemplaban el mundo que les rodeaba desde lo alto de un cerro.
La primera abrió los ojos y vio todo lo que tenía al alcance de su vista.
La segunda utilizó todos sus sentidos y, además, de ver, olió, escuchó, palpó y saboreó.
La tercera miró con el alma, sintió con las tripas y escuchó con el corazón.
La primera sonrió; la segunda se enfadó y la tercera se entristeció.
Cuando la primera regresó a su pueblo, contó las maravillas que había visto. Habló de los pájaros, de los árboles, de las nubes y de los colores. La llamaron poetisa.
Cuando la segunda regresó a su pueblo, denunció la destrucción del entorno, lo mucho que se había degradado y lo poco que iban a heredar sus descendientes si no ponían remedio. Habló de la basura, de la contaminación, de la muerte y de la inmundicia. La llamaron indignada.
La tercera no regresó. Escribió y fotografió; grabó y tuiteó; investigó y publicó. Difundió con honestidad lo que había visto. Conoció, comprendió, contrastó y comunicó. La llamaron periodista.
A la primera le abrieron las puertas de los teatros, los cafés y las tertulias. A la segunda le mandaron a la policía para que la detuviera. A la tercera intentaron silenciarla.
Días después, otras tres mujeres subieron al mismo cerro y la historia se repitió.

martes, 17 de septiembre de 2013

Te eskondes en mis sueños

La fotografía es de Nonia Cucalvo
"Te eskondes en mis sueños", decía el texto que acompañaba el dibujo. Así, con k, eskondida de manera agresiva, incorrecta, como recién salida de un sms. Digo eskondida porque a primera vista parece ser el retrato de la persona amada, deseada o simplemente soñada, quién sabe; sin embargo, bien podría ser ella, la chica del dibujo, la que le dijera al lector que se eskonde en sus sueños, de modo que entonces el adjetivo cambiaría de género según lo hiciera aquél. Primer misterio: ¿el texto lo dice la chica o se le dice a la chica?

El dibujo colgaba de un árbol de un barrio de la ciudad, época tardía para que los árboles den frutos pero apropiadísima para que florezcan este tipo de obras de arte. El final del verano suele coincidir con el final de muchos sueños, interminables noches en celo acompañadas de miles de estrellas, llenas de falsas e irreales promesas de eternidad absoluta. Lo nuestro seguirá creciendo cuando nos quitemos el bañador y nos pongamos el traje de gladiadores para sobrevivir en la selva urbana, todo muy Escarlata O'Hara, hasta compramos un candado y lo fijamos en el puente del pueblo, toma horterada. Pero pocas veces crece lo nuestro (o lo vuestro, o lo de ellos) porque septiembre regresa siempre con sus escenarios habituales y los actores circunstanciales (Ruth, Patxi, Natalia, Héctor), nunca encajan en ellos. Uno de los dos sigue con su vida, como si nada hubiera pasado, mientras el otro se queda con cara de qué ha pasado aquí, con su maleta de piel y su bikini de rayas para siempre eskondidos en los sueños. Segundo misterio: ¿amor de verano, de primavera o de entretiempo?

Algunas chicas, al pasar por delante del dibujo, se quedaban mirándolo contemplativas. ¿Y si fuera yo? ¿Y si el dibujo fuera para mí? Algunos chicos, muchos menos, las cosas como son, también lo pensaban. ¿Y si el mensaje fuera para mí? ¡Ah, la vanidad humana! Si desde un coche gritan "guap@" al pasar por nuestro lado pensaremos que el grito va dirigido a nosotros. Si desde ese mismo coche gritan "hij@puta", ni formando parte del gabinete del gobierno de Mariano Rajoy nos daremos por aludidos. Tercer misterio: ¿a quién va dirigido?

Está claro que tiene que ser alguien que te conozca, que sepa dónde vives y por dónde pasas cada día. Se puede mantener el anonimato de la autoría, pero el mensaje tiene que llegar al destinatario porque si no, ¿qué sentido tendría haberlo colocado, precisamente, en ese árbol? Cada persona conmovida por el dibujo adapta su rutina diaria a la intención del autor. Lo ha puesto aquí porque sabe que aparco siempre en esta zona. Me pilla de camino al Metro, así que sabe que en este árbol iba a verlo sí o sí. Está justo al lado de la parada del autobús que cojo para ir al curro. Rutinas y sorpresa en la misma parte del guión, buen giro argumental. En medio de la fantasía, el pensamiento vuela hacia la persona más cercana. ¿Y si mi Paco...? Pero al instante siguiente desechamos la idea por absurda, por favor, mi Paco, que se aprendió el día de nuestro aniversario porque es el número que lleva Cristiano Ronaldo en la camiseta... Nah, mi Paco ni de coña. Y sin embargo, aunque tenemos la certeza de que es improbable, sabemos que puede ser posible. ¿Por qué no? Más complicado es pensar que sea ese chico que todos los días viaja en el mismo vagón de Metro que tú, desde la misma estación de origen y hasta la misma de destino, intercambiando miradas furtivas y principios de sonrisas, hasta que tú te diriges al tren de cercanías y él sale al exterior. Alguna vez que habéis hecho el trayecto sentado juntos has visto que siempre va leyendo, un libro de verdad, con sus páginas manoseadas por las que desliza sus dedos con delicadeza cada vez que tiene que pasar una, igual que haces tú con los libros, también de verdad, que lees en el transporte público. ¿Y si fuera este chico? ¿Y si este chico que pasa las páginas con delicadeza pensara lo mismo de la chica que, a veces, se sienta a su lado en el Metro y con la que, casi todos los días, comparte trayecto? ¿Y si fuera ella la que me dice que me eskondo en sus sueños? Por favor, estás cosas sólo pasan en las películas. Ya pero, ¿y si fuera él? ¿Y si fuera ella? Cuarto misterio: ¿quién es el autor?

Un momento. Estamos dando por supuesto que se trata de un mensaje de amor pero, ¿y si fuera una amenaza? ¿Y si la chica del cartel hubiera sido una de las afectadas por el timo de las preferentes y el mensaje estuviera dirigido al director de la sucursal bancaria que está justo enfrente del árbol donde florece el dibujo? ¿Y si ese "te eskondes en mis sueños" escondiera a su vez un "desde que me estafaste, ya no duermo y sueño con matarte"? O tal vez, la chica del dibujo era la que suscribía las hipotecas en el banco, la que con alevosía y armada con letra pequeña y un euribor afilado, puso la soga alrededor del cuello de tantas personas a lo largo de tantos años que, si alguna vez se llegara a concretar una amenaza como la del dibujo y la gente supiera los motivos, pocas lágrimas se derramarían por ella. Y también hay que pensar en la amenaza pasional, o conmigo o con nadie; no sería la primera vez (ni la última, por desgracia), que un asesinato machista comienza con un intento desesperado de recuperación, "te eskondes en mis sueños", te lo escribo en un cartel y te lo dejo en un árbol porque tengo una orden de alejamiento, pero un día se me cruzará el único cable que tengo y saldremos en los papeles como el enésimo caso de violencia machista en lo que va de año. Quinto misterio: ¿cuál es el sentido del mensaje?

Es curioso cómo algo que, aparentemente es hermoso, "te eskondes en mis sueños", puede provocar tantos pensamientos y tan diferentes unos de otros. Como los de todas las personas que lo han leído y lo han hecho suyo, como los de todas las que lo leerán de nuevo al terminar este relato. "Te eskondes en mis sueños". ¿Dónde estará la respuesta a todos estos misterios? Eskondida en algún sueño, seguro.

viernes, 21 de junio de 2013

Un corte en toda regla

Toda una vida haciendo de especialista, saltando por las ventanas de los edificios, cayendo desde alturas imposibles, conduciendo coches que terminaban, inevitablemente, estrellados e, incluso, mostrando las nalgas para que las fláccidas posaderas de los protagonistas no salieran en pantalla.
Toda una vida haciéndolo y ahora me vienen con éstas, que no me muero bien, que no resulto creíble como muerto, gracias por venir, el abrigo del señor, que ya se va.
¿Que yo no me muero bien? Yo, que me he muerto de todas las maneras posibles, hasta de cinco maneras diferentes en la misma escena, en una de las batallas de Braveheart; me mataron dos veces como escocés y tres como inglés, una de ellas fue el propio Mel Gibson el que me abrió en canal con su espada. Y cuando gritó "corten", porque él también era el director de la película, me tendió la mano para ayudarme a que me levantara; me guiñó el ojo y me palmeó el hombro amistosamente. Eso no se le hace a alguien que no se muere bien.
En la primera parte de Robocop me acribillaron a balazos; tres cargadores me vació el protagonista en el estómago, ra-ta-ta-ta-ta, y las bolsas con esa mezcla de sangre artificial y gelatina de fresa volaban por los aires que daba gusto, mientras yo me retorcía un par de veces antes de caer al suelo. En Alien III sustituí a uno de los presos que se zampaba el bicho, en Godzilla me aplastó la zarpa del monstruo y en Piratas del Caribe me devoró el kraken.
He sustituido el culo de tantos actores que ya no lo siento como propio. De hecho no lo es, es propiedad del banco, como estipula la cláusula 28 de mi hipoteca. Mi esposa ya no tiene fantasías con las estrellas; las nalgas de los actores le resultan demasiado familiares.
Y ahora, más de treinta años después de dedicación, contracturas, lesiones, inclemencias meteorológicas, escaso salario e ingratitud, ¿os atrevéis a decirme que no me muero bien?
Así están las cosas, me responden, encogiéndose de hombros.
No, así no están las cosas, les digo, mientras cojo mi abrigo. Las cosas van a estar mucho peor, afirmo, sacando la katana que siempre llevo encima, recuerdo de mi participación en Kill Bill.
Cómo le cambia la cara al tipejo repeinado, y qué maravilla ver temblar al de los rizos. Zas, zas, dos rápidos tajos, uno de ida y otro de vuelta; el saldo de hijosdeputa se ha reducido en dos unidades. "Corten", me digo a mí mismo; nunca mejor dicho.
Limpio la katana en la americana del repeinado mientras les miro a la cara. ¿Así es como hacéis de muertos?
¿Veis como no tenéis ni puñetera idea?

La imagen que acompaña este artículo procede de esta página

domingo, 19 de mayo de 2013

De vocación, periodista



Periodismo. La imagen procede de aquí

Cerca de tus pies cayó parte de la pared que recubre el edificio que tienes enfrente; cal, sobre todo, y algo de ladrillo. El ruido te hizo alzar los hombros y recoger las rodillas de manera inconsciente, apretándote más contra la rueda del coche en la que estabas apoyado. Los fragmentos de pared que se habían desprendido del edificio eran el único rastro que había dejado ese último disparo, uno que había pasado cerca.
Acostumbrados al estruendo que los disparos provocan en el cine, los de verdad defraudan. Incluso en momentos así la cabeza nos propone pensamientos fugaces, ajenos a la situación que vivimos y a la que deberíamos dedicar toda nuestra atención y que, sin embargo, son los que ocupan nuestra cabeza, al menos durante unos instantes. Ese primer disparo real que vivimos y ese proceso mental al que asistimos, estupefactos por lo vertiginoso, comparando lo real con lo que debería ser, Stallone con una cinta en el pelo en la cubierta de una barca que surca un río vietnamita, ta-ta-ta, ta-ta-ta, percusión espectacular continuada, banda sonora de la década de los ochenta, el final de la guerra fría y, de repente, la calva de Gorbachov, así es la cabeza; lo que empezó con un disparo de verdad se ha convertido, apenas unos segundos después, en una imagen fija de Gorbachov, con la cabeza inclinada, ese antojo saludando al mundo.
Tus piernas aún no han reaccionado a ese disparo que te desvirgó el tímpano y tu cabeza sigue a lo suyo, “cómo soy, eh, tú viviendo un tiroteo y yo aquí, repasando la filmografía de Stallone”, procesos mentales fugaces e inconscientes, tal vez vitales para mantener la cordura, única conexión con el salón de casa de tus padres, tan lejano ahora, donde casi cada tarde, veías la cuarta parte de Rocky acompañado de tu compañero de pupitre Dani, que sigue en aquella galaxia tan lejana ahora y que, de vez en cuando, sigues sintiendo como un hogar.

La imagen procede de esta página
Esa galaxia de la que tú no quisiste, o no supiste, formar parte, la galaxia de las baldosas amarillas, en la que la vida de las personas está planificada desde su nacimiento. En ella vive Dani, feliz, sin conflictos, a gusto con su mundo, su carrera, su mujer, sus dos críos, sus vacaciones en la playa y sus domingos de fútbol. Hay veces, pocas, sí, y cada vez menos, en las que piensas en la que pudo ser tu otra vida, de baldosas amarillas, con un trabajo estable y rutinario, entrar a las 8, encender el ordenador, tomar un café, comentar el último partido del Atleti (una de las pocas excentricidades permitidas en esa galaxia), teclear, comer, bostezar, teclear, apagar el ordenador y hasta mañana, familia, nos vemos los próximos cuarenta años en el mismo sitio y a la misma hora.
Llegar a casa pensando en cambiar de coche, un familiar se adaptaría mejor a tus necesidades actuales, con dos niños pequeños y otro en camino, sería lo mejor. Abrir la puerta y recibir abrazos en las piernas, acariciar cabecitas, besar mejillas, bañar, dar de cenar y acostar. Y después, cómo te ha ido el día, cenar cualquier cosa, ver cualquier serie y dormir, siempre a la misma hora y sin sobresaltos, hasta que la muerte nos separe.
Un proceso mental aparentemente salvador, que te recuerda que tú no perteneces al mundo que estás viendo, que tu lugar es otro, que te protege de aceptarlo como tu mundo cotidiano o, mejor dicho, de resignarte a él. Tu mundo es el otro, aunque no lo compartas al cien por cien, tú estás aquí de paso, simple observador, notario de la realidad, las emociones y los sentimientos te los dejaste en el aeropuerto donde facturaste la mochila, “no vienen conmigo, no se preocupe”, le dijiste a la azafata de tierra que introducía tus datos en su ordenador, “aquí tiene su tarjeta de embarque”, te dijo ella, “los dejo aquí porque no los voy a necesitar”, añadiste tú, más por ti que por ella, porque estaba claro que ella estaba más pendiente del siguiente pasajero (clientes, como nos llaman ahora), que de tu explicación moral. ¿Dejas de verdad los sentimientos aquí? ¿No será que estás en este aeropuerto precisamente porque los usas demasiado?
“No te impliques, chaval, no se te ocurra hacerlo”, te dijo tu redactor jefe cuando firmó la autorización para tus billetes de avión. “Los que se implican son los que mueren”. Es posible, sí, respondiste en otro de tus procesos mentales; pero los que se implican también son los que viven. Puedes pasar por la vida sin dejar marcas, sin sufrir, sin implicarte; cerrando los ojos a voluntad, torciendo el cuello, apartando la vista de lo doloroso, lo feo y lo difícil. Si no lo veo, no existe. No hay ancianos dependientes, no hay niños desnutridos, no hay injusticias ni desigualdades. Una vida de gimnasios, series de televisión, superficialidad y gin-tónics, por supuesto, para cuando la conciencia, la poca que queda, levanta la voz.

Imagen obtenida de esta dirección
Puedes hacer eso, sí, o puedes implicarte. Puedes denunciar injusticias, puedes protestar, puedes erigirte en voz de los desamparados. Hay muchas formas de hacerlo, es una actitud, no una profesión. Desde la medicina, la educación, la cristiandad, la abogacía, la policía, la judicatura o el periodismo. Formando parte del mundo, intentando que sea un poquito más humano, al menos esa pequeña parte a la que llamamos “nuestro mundo”, ese entorno cercano en el que nos escuchan. Ahora bien, implicarse es sufrir. Decepciones, engaños, traiciones. La implicación es dolor, pero se trata de algo casi fisiológico; igual que uno no puede dejar de respirar, tampoco puede dejar de implicarse.
Por eso estás en este aeropuerto. “Espere”, le dices a la azafata, “que al final me los llevo. Son los que me han traído aquí”. Ella ni te mira, ya está tecleando los datos del siguiente pasajero.
La acera se va llenando poco a poco de escombros, restos de las paredes de los edificios, cristales, latas de refrescos a medio oxidar, asomando de los charcos de agua negra, como barcos hundiéndose, símbolo de una civilización occidental cuyo afán globalizador es visto en muchas partes del mundo como “el sueño del hombre blanco”.
Se escuchan gritos, algunos parecen transmitir órdenes, otros se interesan por los heridos. La lengua puede ser desconocida pero la entonación es la que proporciona el significado. “Esto hay que contarlo”, te dices. El tiroteo ha terminado y es ahora, y no antes, cuando tus piernas reaccionan, temblando de manera incontrolable. Al baile se suman tus brazos, también tus manos, ocupadas en sacar un pitillo de la cajetilla. Fumar para calmar el ansia; fumar como símbolo de vida, qué paradoja. Los muertos no fuman. Después de un tiroteo, se encienden todos los pitillos que se guardan en los bolsillos de los chalecos.
¿Cómo contar todo esto desde la redacción del periódico? El periodismo es implicación, y la implicación es cercanía. Hay que vivir las cosas para poderlas comprender, comprenderlas para poderlas contar.

La imagen procede de esta página
Ya desde pequeño, cuando pusiste en marcha tu primer periódico, ese Diario de la Infanta, como homenaje a la calle donde vivías, con una Olivetti heredada, huérfana de letra eme, redactabas crónicas desde el lugar de los hechos, junto a la pecera en la que nadaban cuatro peces y flotaba uno, vaya manera que tuvo tu madre de enterarse de la muerte de una mascota, por la prensa, que también estuvo presente en la despedida del finado, un entierro típico de la Marina, devolvemos el cuerpo al mar a través del inodoro. Descanse en paz.
Luego llegó la radio, un micrófono conectado a un casete, en el que grababas la retransmisión de una carrera de coches, coches de juguete que iban por la alfombra de tu cuarto a toda velocidad, siguiendo el dibujo de la misma. Recogías también las palabras de los playmóbil que organizaban la prueba, las impresiones de los que hacían de público y entrevistabas a los montaman que pilotaban los coches. Un despliegue técnico y humano para que todo el mundo, tus padres y tu hermana, pudieran estar informados de lo que allí acontecía. El periodismo como servicio público, como debe ser.
Naciste periodista y elegiste implicarte. Sabes que morirás sin un euro en el banco, con varias úlceras y una almohada de preocupaciones. Tal vez mañana mismo, esa bala no impacte contra la pared del edificio, sino contra tu cabeza y adiós muy buenas. Y sin embargo, habrá merecido la pena. Tal vez los muchos Danis que hay en la galaxia de las baldosas amarillas no lo entiendan y se limiten a derramar algunas lágrimas cuando se enteren de que has dejado de fumar, meneando la cabeza con incomprensión, “¿qué necesidad tenía de estar allí?”.
El Periodismo; ésa era la necesidad.

lunes, 29 de abril de 2013

¿Y si hubiera sido cierto?

Surtidores de combustible
Por Gasolina Sin Plomo.

Las últimas veces que me he acercado a una gasolinera he terminado con una pregunta rondándome por la cabeza. ¿Sigue fluyendo la gasolina cuando el contador se acerca a la cantidad marcada? Ya sabéis que si, por ejemplo, habéis pedido 40 euros, cuando el contador va por los 38,5 aproximadamente, el flujo se reduce considerablemente. Si antes de llegar a esta cantidad el combustible incluso se oía a través de la manguera, una vez llegado al punto límite, nos adentramos en el terreno de la fe. ¿El flujo se reduce o se detiene completamente?

Esta mañana compartía esta duda con un buen amigo del trabajo, el cual, muy amablemente, me decía que él no se planteaba esas cosas, pero que yo era mucho más observador que él, siempre atento a toda posible conspiración que amenace a esta sociedad tan agredida ya. Una manera como otra cualquiera de mirarte con una ceja enarcada, pensando que estás como las maracas de Machín, aunque, como decía, de manera muy amable y cariñosa.

Esta tarde, decidido a desfacer el entuerto, he ido a repostar a la gasolinera del barrio. "40 euros, por favor", le he dicho a la dependienta, mirándola con los ojos semientornados, como si fuera cómplice de los tejemanejes de las petroleras, que nos roban casi 2 euros de cada repostaje. "¡Menos mal que estoy yo aquí!", me decía, mientras me dirigía a mi coche como Mel Gibson en  Braveheart, orgulloso y triunfal, pasándome la mano por la cara extendiendo la imaginaria pintura azul que maquillaba mis, de repente, endurecidas facciones, listas para ser inmortalizadas en bronce, piedra o, ¿por qué no?, mármol, como los más grandes personajes grecorromanos.

35, 36, 37... el contador se acerca a la cifra clave, ahí está, 38,5... el flujo se reduce, ya no hay ruido, unos segundos me separan de la gloria eterna. Suelto el mango del surtidor y lo extraigo de la boca del depósito: quiero saborear el momento. Apunto hacia la rueda trasera izquierda y aprieto el gatillo. No me lo puedo creer: la eternidad de mi gloria evaporándose en un chorro (no un chorrito, no; un señor chorro todavía) de gasolina que salpica el neumático de mi coche y, por cercanía, mis recién estrenadas zapatillas.
Recompongo mi maltrecha figura con la poca dignidad que me queda, aguantando estoicamente la mirada del operario que se mueve entre los surtidores, mucho menos amable que la de mi amigo del trabajo; "la gente está fatal", se lee en ella. Esa misma frase que yo, tú, todos, decimos tantas veces al cabo del día, con la diferencia de que, en este momento, la gente soy yo.

* La imagen que acompaña este artículo procede de esta página

martes, 16 de abril de 2013

Cuestión de apellidos

Por Carla González

"La señora no está; la señora ha salido", dicen de ella. De la otra, también señora, pero con otro apellido, dicen que "no te preocupes, ahora pasará la señora, no te molestes".
Ambas comparten una preposición en su apellido, un "de" que siempre otorga cierta distinción y señorío cuando ese "de" siempre ha estado ahí, esos González de Córdoba o Martínez de Irujo, por citar sólo dos ejemplos de rancio abolengo y pata negra; un "de" que denota soberbia y altanería cuando es una adquisición reciente, como esa María Dolores Cospedal que incorporó un "de" a su apellido como el monte a una seta, ¡pop!, antes no estabas, ahora sí, aunque la mona siga teniendo el mismo aspecto, con o sin la preposición.

"¿Qué tomará la señora?", preguntan en los restaurantes que frecuenta la una; "la señora se ocupará enseguida, usted no se preocupe", aseguran en nombre de la otra, en esos mismos lugares. Las dos caras de la moneda del servilismo, la espalda que se dobla y la barbilla que se eleva, señoras las dos, la una con la mirada celestial, la otra terrena.
"¿Cómo se encuentra la señora hoy?", se cuestionan a cada paso que da la una, a veces con afán interrogatorio, a veces con intención exclamativa, porque hay que ver la buena planta que se gasta la señora, mientras que a la otra se le llenan los oídos de "hay que ver cómo está usted", acompañada de un "con esa espalda", "con esa rodilla" o "con esa cadera", según el día y la estación del año en la que estemos, que el frío a estas cosas no le hacen ningún bien.
"¿Qué tal descansó la señora?", se preocupan al otro lado del interfono, de manera retórica, por supuesto, porque cuando se tiene poco de lo que descansar y nada de lo que preocuparse, la respuesta a esa pregunta es un "evidentemente bien", que contrasta con las ganas que la otra tiene de que lleguen las vacaciones, la ansiada jubilación o el final de otro largo día.

Cuestión de apellidos, dicen, diferencia abismal en un país como éste, el día y la noche para dos señoras, la de la casa, una; la de la limpieza, otra.
Cuestión de apellidos, nada más.

* La imagen que acompaña este artículo procede de esta página

domingo, 14 de abril de 2013

Blood Bowl I


Blood Bowl

Por Tom el Afortunado

Blood Bowl, lo llaman, el deporte más sangriento que se haya inventado jamás. ¿Deporte? Bueno, sí, hay un balón por ahí, con tachuelas puntiagudas en las costuras y pegajoso de tanta sangre. Y sí, también hay un marcador que refleja el número de touchdowns anotados por cada equipo. Y un árbitro que… bueno, un árbitro que intenta sobrevivir de la mejor manera posible.
¿Y cómo he llegado yo aquí? Recuerdo haber desembarcado y recuerdo haberme dirigido, con unos cuantos compañeros a una taberna de las del muelle, un antro sórdido, lleno de humo y violencia, en el que ocupamos una mesa y comenzamos a beber. Lo siguiente que recuerdo es despertar o, mejor dicho, abrir ligeramente los ojos y ver a un tipo enorme, probablemente un medio-algo (¿orco, troll?), que me ajustaba un pectoral abollado con bastante poca delicadeza.

El griterío de la multitud es ensordecedor. Estamos separados de ellos por unos barrotes bastante sólidos, lo único que nos aleja de una muerte segura. El único sitio donde hay más violencia que en un partido de Blood Bowl es en las gradas de un partido de Blood Bowl. Junto a mí, un tipo flacucho y con la mirada perdida, incapaz de fijarla en algo más de dos segundos. Apenas lleva protecciones, unas rodilleras acolchadas y un viejo casco adornado con una pluma de color verde. Le examino detenidamente: en cuanto salga al campo lo van a despedazar. “Como a mí”, me digo. Y ese pensamiento tan siniestro hace que se me dibuje una medio sonrisa en el rostro, esa mueca del que se sabe sin salida y sólo puede seguir avanzando.

El medio-algo que me colocó la armadura está ensañándose con uno de los enanos del equipo contrario. Lo tiene atrapado entre sus fuertes brazos. El enano parece desmayado. Apenas sí se mueve cuando le arranca la nariz de un bocado. Abre los brazos y el enano cae a sus pies, con la cara ensangrentada, los bigotes y la barba apelmazados por el fluido vital. El rugido que emite la garganta del enorme tipo confirma mi teoría de que el tipo es un medio-algo. Ningún humano podría emitir semejante sonido. En las gradas, el efecto del rugido es como el de una fusta en la grupa de un caballo: la violencia se desata en varios puntos a la vez.
Un grupo de enanos, seguidores del equipo contrario, han agarrado a un tipo chiquitín y gordinflón (un halfling, con toda seguridad) y lo han sumergido en un barril de cerveza. El tipo patalea unos segundos, salpicando a los que están a su alrededor; después, con una última sacudida, deja de moverse, lo que provoca la carcajada del grupo de enanos.
En la grada contraria acaba de estallar algo. El estruendo de la explosión ha provocado que incluso los jugadores hayan desviado la atención hacia allí. El caos se multiplica y unos cuantos seguidores enloquecidos invaden el campo, saltando sobre un par de tipos que estaban en el suelo, machacándolos a patadas. Ahora tenemos dos jugadores menos que el equipo contrario.

En la siguiente anotación el flacucho y yo tendremos que salir ahí. Mi compañero no parece haberse dado mucha cuenta o, si se la ha dado, no parece importarle, pero a mí no me hace ni puta gracia tener que salir ahí.

* La imagen que acompaña este artículo procede de esta página

martes, 2 de abril de 2013

Una espada mas larga que la noche

Cada vez que sube mi coagulado órgano palpitante por la caverna veo intestinos por pozo y pastilla de jabón por lengua, y tu lengua es también. Y no pienso primero en morderte ese ovoide de jabón que aún no es lengua, sino novio de la muerte, y me pienso tabloide, fácil de tragar. Pero... ya me habías tragado.

Y la noche se convierte en un abismo donde chocan esquirlas de asteroides, impulsadas por fuerzas de pulsión y colisión previas. Fuerzas de... angustia, que brotan de corazones atrapados por cervales ramajes, que marcan el camino entre el vampirico éxtasis que dibuja el discurrir del vino por las venas de tus huesos y el raíl olvidado donde se pintan cada mañana dos círculos egocéntricos sobre fondo blanco que dejan poemas muertos en pomos sobre ceniza, sobre vísceras por grasa. Cuan dulce es el aceitado motor de un sueño infantil violado y desgarrado en el nido sobre el que sobrevuela rapaz el ave de sus padres.

Y morimos en gálatas y suicidas escorzos, en esas imposibles configuraciones figurativas en las que solo es posible quedar en el vacío, abstracto. A menos..., a menos que nos agarremos los genitales, e intentemos arrancarlos, cual mala hierba, hasta estar seguros de estar bien despiertos y agarrando bien fuerte nuestro páncreas, mientras éste segrega sustancias de rechazo, en busca de nuestro propio desarraigo.

Admiro la eutaxia helicoide de la luz, y el agua, y el carbón, y si me es posible una colosal muestra del nuevo significado de la palabra orina, o del viejo significado de la palabra profesional, o bien de un rico té de la Siracusa de los cuarenta años que nunca he vivido. Seguro que los dragones cultivan campos de cultivo en sus escamas verdes, y el virus que nos reside es una mujer (lo siento) dibujada por la ceniza resultante de hacer arder cabalgando) una manzana de cera podrida en un convento de manzanas sanas.

Silencio

En el queda implícito un fugaz y egoísta pensamiento, mi mano izquierda sabedora de intenciones arrastra a la tuya, deslizándola de hierro, fuera del campo de minas, alambrada y espinas que configuran un yermo campal donde cariacontecen los movimientos sutiles, el erotismo de la palabra, los tubos de acero amarillo donde estudie la humillación y el minuscidio y las lágrimas de tinta que sigo arrojando a veces desde el petróleo inmundo de mis ojos abalaustrados por la soma.

Ahora que puedo no quiero reírme, como si me mereciera la penitenciaría carnal de mis labios. Pero tampoco quiera polvo blanco en su tocador, y deje de coquetear con sus pastillas, para derretir la escarcha que sustenta la seda que atraviesa nuestros labios, posándose sobre ellos, como un cristal estallado que sana desangrándose en un charco canceroso en el que escupimos y no escupen filtros de pantalla del sonido inamovible de una gota de nicotina sobre tres cuartas partes de agua corrida por los caminos de la larga lluvia de verano.

Hundámonos en esa neblina oscura, que contiene esta nube carmesí en la voluptuosidad del vacío íntimo, donde no hay más mares que el vino y mas ojos que el Panóptico, arrastrándose cual nido de alacranes hasta las comisuras del papel.

Porque la inercia de lo inerte les ha enseñado que el futuro nos es más que una mentira yacente sobre el cuerpo del pasado. La fotocopia de la fotocopia de una mentira, siempre reclamada como insidia al fuego hebreo de la calumnia.

Ruido

Sabia la savia de la xilografía en sus formas angulosas crecía en la hierba desgranada en la hierba, primitiva en la nada, la razón el vacío, pensé mientras me desangraba el cuchillo baldío. Focalizar mis ojos en el estallido facetado de mis restos, para hacerlos nuestros de la manera en que no sean nuestros, mientras nada es nuestro. Pero el deber llama a la llama del arresto, y finalmente no queda mas que la inexistencia de quien ésto está escribiendo, de la hoja sobre la que escribe, del acto infinito de escribir, de la tinta que mancha aleatoriamente el papel, del acto, de la aleatoriedad, de la mancha y del propio arresto.

Y mientras me desangraba la luz infante, acepté el cuchillo. Pero la trágica inoperancia de mi sentido del sacrificio, sombra mariana del rechazo y la persecución por Jesucristo, me ha llevado a enterraros a todos en una tumba vacía, titulada por el telón de mi nombre Ella.

Borja Quintana
Mierda registrada

miércoles, 27 de marzo de 2013

El arma más poderosa


Las tardes del mes de Septiembre siempre me han parecido las más tranquilas del año. El tiempo acompaña, pero lo hace de una manera amable; el sol calienta, pero ya no agobia tanto. La ciudad, desalmada e inhumana, trituradora de carne, sigue de vacaciones; el tráfico dormita: el monstruo urbano no se ha despertado de la siesta.

La luz invita al paseo, los parques se llenan de vida y en las casas, las ventanas sirven de entrada a todos los sonidos (que no ruidos) de la ciudad. Aprovechamos que aún tenemos las tardes libres para echarnos una siesta fuera de su territorio natural, el fin de semana: una siesta furtiva, robada a la frenética vida del urbanita; a estas siestas robadas les pasa lo mismo que a esos besos escamoteados cuando éramos adolescentes: sientan estupendamente.

Dormíamos los últimos minutos de la siesta cuando, de repente, por la ventana llegó el ruido (que no sonido) de una voz infantil imitando a una metralleta, ta-ta-ta-ta, “”¡te he dado!”, gritaba triunfal el chaval, de unos seis años, armado con una pistola de agua de plástico de color verde.  La víctima, una niña con coletas que tenía la espalda apoyada en uno de los árboles del parquecito al que se asoma nuestro salón, sostenía una especie de escopeta biónica de colores chillones que también parecía ser de agua. El tercero en discordia, un niño pequeñito, probablemente de la misma edad que los otros pero más encanijado, se agazapaba detrás de unos de los bancos, esos bancos que durante los fines de semana se llenan de niñatos que, con sus móviles a modo de discotecas portátiles y sus litronas como imprescindible guarnición, hacen las delicias de todos los vecinos de la zona.

Ta-ta-ta-ta, el de la metralleta seguía a lo suyo, como si fuera un repetidor, incansable, sin tener en cuenta que las pistolas suelen hacer pum-pum y no ta-ta-ta-ta, esas estupideces en las que nos fijamos los adultos, barriendo el parque, “¡cinco a cuatro!”, gritó, subiéndose a lomos de un caballo imaginario y trotando alrededor del parque. El chiquitín, entonces, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, salió de su escondrijo y pum-pum, “¡cinco a cinco!”, chilló entusiasmado.

“¡No, no! No me has dado”, protestó el de la metralleta. “¡Claro que te he dado! ¡En toda la jeta!”, le espetó el chiquitín, sin arrugarse. “No, porque tengo un escudo protector antibalas”, explicó el de la metralleta. “¡No es verdad!”, se indignó el chiquitín, sabiéndose atrapado, porque un escudo antibalas es algo que nadie puede obviar. “¿Y cómo funciona?”, preguntó la niña de las coletas, acercándose con su escopeta biónica. “Se pone en marcha cuando el caballo anda”, explicó el de la metralleta. “¿Sólo cuando el caballo anda?”, inquirió la niña. “Sí”, admitió el de la metralleta.

Pum-pum, dijo la escopeta de la niña, “cinco a cinco; tu caballo está quieto, no hay escudo”, sentenció con una sonrisa.

Aplaudí mentalmente a la niña, sí señor. La inteligencia siempre ha sido el arma más poderosa del ser humano; incluso en las tardes tranquilas de Septiembre.