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viernes, 14 de marzo de 2014

Una ventana gris Gandalf

Llueve. Llueve mucho. Las gotas resbalan por el exterior del cristal, poquito a poco, como siguiendo un camino invisible al ojo humano, buscando compañía y, cuando se juntan con otras gotas se cogen de la mano y se aceleran, corriendo cristal abajo, felices de haber encontrado una arteria principal que les conduce hacia su destino, el final del cristal, el metal que lo bordea y el alféizar que espera más allá, donde descansarán hasta que la próxima salida de sol las seque y las mande de vuelta a las nubes, a la espera de la siguiente descarga de lluvia.
Un ciclo infinito de agua de arriba abajo y de abajo arriba, un tobogán de diversión sin fin, un parque de atracciones para gotas de lluvia. 

En invierno, hay semanas en los que el ciclo parece solo de caída, días y días de gris eterno y húmedo, tap-tap-tap en el cristal monótono y constante. En los pocos días en los que el agua no cae, se puede ver que el cielo no tiene un único color gris, sino muchos. Gris más oscuro, casi negro, donde la tormenta se está formando, nubes que se arriman las unas a las otras, tal vez para protegerse del frío, sumando sus grises hasta oscurecer el cielo. Gris más claro en las zonas por las que se adivina el sol, tras las que se sospecha que se esconde, abrumado entre tanta nube, como un artista cohibido en su camerino ante la acumulación de fans histéricas a la puerta. "El cielo es gris Gandalf", dijo un día mi amigo Alberto. Y tiene razón. Es como si el mago hubiera extendido su vieja túnica a modo de mantel y los pliegues de la tela formaran los claroscuros que vemos desde abajo.

Mi ventana está hecha de lluvia gris. Parece líquida. Si pudiera moverme me acercaría a ella y lamería el cristal. Me bebería la ventana. Nunca tengo sed pero cuando contemplo la ventana me entran ganas de beber. De beberme la ventana, de beberme el cielo gris, de beberme la túnica de Gandalf. Y volaría, y cruzaría el cielo, y llegaría más allá de las nubes, donde habita el sol, y lo miraría directamente y le pediría que se atreviera a salir del camerino, se enfrentara a sus nubes seguidoras, las apartara y saliera al escenario, un rayo de sol, uo-oh-oh, que ya está bien de tanto gris.
Cuando tu espacio vital se reduce a una cama y tu mundo lo forma una ventana líquida, la misma puta ventana todos los días, el gris Gandalf se come el ánimo.

La imagen que acompaña este artículo procede de esta página

jueves, 4 de abril de 2013

Semana Santa en Las Casas del Conde, Salamanca

Río Francia
Almendros en flor
Desde el balcón de una entrañable casa de pueblo lo tengo todo y nada. Toda la paz, la calma y la tranquilidad que uno pueda imaginar tienen cabida en la falda de las montañas de la Sierra de Francia, y nada de ruido, de humos y avalanchas de personas corriendo de un lado a otro con cara de pocos amigos asoman por ellas.

Gracias a las continuas lluvias el paisaje está de un verde que ni los más ancianos del lugar pueden recordar. El río Francia corre con fuerza y salpica con su agua cristalina las grandes piedras que tropiezan en su camino.

Los almendros han florecido y multitud de flores de color amarillo, rosa y violeta despuntan en la inmensa alfombra verde que nos abraza.

Todavía hace frío, y el olor a leña se funde con el humo que escapa de las chimeneas de las casas del pueblo en pleno mes de Abril. Pero ya comienza la cuenta atrás, y en poco menos de dos meses los cerezos del Señor José se llenarán de sus rojizos frutos, lo que nos anuncia que el verano ya está aquí...

Por Nonia Cucalvo

miércoles, 27 de marzo de 2013

El arma más poderosa


Las tardes del mes de Septiembre siempre me han parecido las más tranquilas del año. El tiempo acompaña, pero lo hace de una manera amable; el sol calienta, pero ya no agobia tanto. La ciudad, desalmada e inhumana, trituradora de carne, sigue de vacaciones; el tráfico dormita: el monstruo urbano no se ha despertado de la siesta.

La luz invita al paseo, los parques se llenan de vida y en las casas, las ventanas sirven de entrada a todos los sonidos (que no ruidos) de la ciudad. Aprovechamos que aún tenemos las tardes libres para echarnos una siesta fuera de su territorio natural, el fin de semana: una siesta furtiva, robada a la frenética vida del urbanita; a estas siestas robadas les pasa lo mismo que a esos besos escamoteados cuando éramos adolescentes: sientan estupendamente.

Dormíamos los últimos minutos de la siesta cuando, de repente, por la ventana llegó el ruido (que no sonido) de una voz infantil imitando a una metralleta, ta-ta-ta-ta, “”¡te he dado!”, gritaba triunfal el chaval, de unos seis años, armado con una pistola de agua de plástico de color verde.  La víctima, una niña con coletas que tenía la espalda apoyada en uno de los árboles del parquecito al que se asoma nuestro salón, sostenía una especie de escopeta biónica de colores chillones que también parecía ser de agua. El tercero en discordia, un niño pequeñito, probablemente de la misma edad que los otros pero más encanijado, se agazapaba detrás de unos de los bancos, esos bancos que durante los fines de semana se llenan de niñatos que, con sus móviles a modo de discotecas portátiles y sus litronas como imprescindible guarnición, hacen las delicias de todos los vecinos de la zona.

Ta-ta-ta-ta, el de la metralleta seguía a lo suyo, como si fuera un repetidor, incansable, sin tener en cuenta que las pistolas suelen hacer pum-pum y no ta-ta-ta-ta, esas estupideces en las que nos fijamos los adultos, barriendo el parque, “¡cinco a cuatro!”, gritó, subiéndose a lomos de un caballo imaginario y trotando alrededor del parque. El chiquitín, entonces, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, salió de su escondrijo y pum-pum, “¡cinco a cinco!”, chilló entusiasmado.

“¡No, no! No me has dado”, protestó el de la metralleta. “¡Claro que te he dado! ¡En toda la jeta!”, le espetó el chiquitín, sin arrugarse. “No, porque tengo un escudo protector antibalas”, explicó el de la metralleta. “¡No es verdad!”, se indignó el chiquitín, sabiéndose atrapado, porque un escudo antibalas es algo que nadie puede obviar. “¿Y cómo funciona?”, preguntó la niña de las coletas, acercándose con su escopeta biónica. “Se pone en marcha cuando el caballo anda”, explicó el de la metralleta. “¿Sólo cuando el caballo anda?”, inquirió la niña. “Sí”, admitió el de la metralleta.

Pum-pum, dijo la escopeta de la niña, “cinco a cinco; tu caballo está quieto, no hay escudo”, sentenció con una sonrisa.

Aplaudí mentalmente a la niña, sí señor. La inteligencia siempre ha sido el arma más poderosa del ser humano; incluso en las tardes tranquilas de Septiembre.