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miércoles, 27 de marzo de 2013

El arma más poderosa


Las tardes del mes de Septiembre siempre me han parecido las más tranquilas del año. El tiempo acompaña, pero lo hace de una manera amable; el sol calienta, pero ya no agobia tanto. La ciudad, desalmada e inhumana, trituradora de carne, sigue de vacaciones; el tráfico dormita: el monstruo urbano no se ha despertado de la siesta.

La luz invita al paseo, los parques se llenan de vida y en las casas, las ventanas sirven de entrada a todos los sonidos (que no ruidos) de la ciudad. Aprovechamos que aún tenemos las tardes libres para echarnos una siesta fuera de su territorio natural, el fin de semana: una siesta furtiva, robada a la frenética vida del urbanita; a estas siestas robadas les pasa lo mismo que a esos besos escamoteados cuando éramos adolescentes: sientan estupendamente.

Dormíamos los últimos minutos de la siesta cuando, de repente, por la ventana llegó el ruido (que no sonido) de una voz infantil imitando a una metralleta, ta-ta-ta-ta, “”¡te he dado!”, gritaba triunfal el chaval, de unos seis años, armado con una pistola de agua de plástico de color verde.  La víctima, una niña con coletas que tenía la espalda apoyada en uno de los árboles del parquecito al que se asoma nuestro salón, sostenía una especie de escopeta biónica de colores chillones que también parecía ser de agua. El tercero en discordia, un niño pequeñito, probablemente de la misma edad que los otros pero más encanijado, se agazapaba detrás de unos de los bancos, esos bancos que durante los fines de semana se llenan de niñatos que, con sus móviles a modo de discotecas portátiles y sus litronas como imprescindible guarnición, hacen las delicias de todos los vecinos de la zona.

Ta-ta-ta-ta, el de la metralleta seguía a lo suyo, como si fuera un repetidor, incansable, sin tener en cuenta que las pistolas suelen hacer pum-pum y no ta-ta-ta-ta, esas estupideces en las que nos fijamos los adultos, barriendo el parque, “¡cinco a cuatro!”, gritó, subiéndose a lomos de un caballo imaginario y trotando alrededor del parque. El chiquitín, entonces, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, salió de su escondrijo y pum-pum, “¡cinco a cinco!”, chilló entusiasmado.

“¡No, no! No me has dado”, protestó el de la metralleta. “¡Claro que te he dado! ¡En toda la jeta!”, le espetó el chiquitín, sin arrugarse. “No, porque tengo un escudo protector antibalas”, explicó el de la metralleta. “¡No es verdad!”, se indignó el chiquitín, sabiéndose atrapado, porque un escudo antibalas es algo que nadie puede obviar. “¿Y cómo funciona?”, preguntó la niña de las coletas, acercándose con su escopeta biónica. “Se pone en marcha cuando el caballo anda”, explicó el de la metralleta. “¿Sólo cuando el caballo anda?”, inquirió la niña. “Sí”, admitió el de la metralleta.

Pum-pum, dijo la escopeta de la niña, “cinco a cinco; tu caballo está quieto, no hay escudo”, sentenció con una sonrisa.

Aplaudí mentalmente a la niña, sí señor. La inteligencia siempre ha sido el arma más poderosa del ser humano; incluso en las tardes tranquilas de Septiembre. 

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