Las tardes del mes de Septiembre siempre me han parecido las
más tranquilas del año. El tiempo acompaña, pero lo hace de una manera amable;
el sol calienta, pero ya no agobia tanto. La ciudad, desalmada e inhumana,
trituradora de carne, sigue de vacaciones; el tráfico dormita: el monstruo urbano
no se ha despertado de la siesta.
La luz invita al paseo, los parques se llenan de vida y en
las casas, las ventanas sirven de entrada a todos los sonidos (que no ruidos)
de la ciudad. Aprovechamos que aún tenemos las tardes libres para echarnos una
siesta fuera de su territorio natural, el fin de semana: una siesta furtiva,
robada a la frenética vida del urbanita; a estas siestas robadas les pasa lo
mismo que a esos besos escamoteados cuando éramos adolescentes: sientan
estupendamente.
Dormíamos los últimos minutos de la siesta cuando, de
repente, por la ventana llegó el ruido (que no sonido) de una voz infantil
imitando a una metralleta, ta-ta-ta-ta, “”¡te he dado!”, gritaba triunfal el
chaval, de unos seis años, armado con una pistola de agua de plástico de color
verde. La víctima, una niña con coletas
que tenía la espalda apoyada en uno de los árboles del parquecito al que se
asoma nuestro salón, sostenía una especie de escopeta biónica de colores
chillones que también parecía ser de agua. El tercero en discordia, un niño
pequeñito, probablemente de la misma edad que los otros pero más encanijado, se
agazapaba detrás de unos de los bancos, esos bancos que durante los fines de
semana se llenan de niñatos que, con sus móviles a modo de discotecas
portátiles y sus litronas como imprescindible guarnición, hacen las delicias de
todos los vecinos de la zona.
Ta-ta-ta-ta, el de la metralleta seguía a lo suyo, como si
fuera un repetidor, incansable, sin tener en cuenta que las pistolas suelen
hacer pum-pum y no ta-ta-ta-ta, esas estupideces en las que nos fijamos los
adultos, barriendo el parque, “¡cinco a cuatro!”, gritó, subiéndose a lomos de
un caballo imaginario y trotando alrededor del parque. El chiquitín, entonces, aprovechando
que el Pisuerga pasa por Valladolid, salió de su escondrijo y pum-pum, “¡cinco
a cinco!”, chilló entusiasmado.
“¡No, no! No me has dado”, protestó el de la metralleta.
“¡Claro que te he dado! ¡En toda la jeta!”, le espetó el chiquitín, sin arrugarse.
“No, porque tengo un escudo protector antibalas”, explicó el de la metralleta. “¡No
es verdad!”, se indignó el chiquitín, sabiéndose atrapado, porque un escudo
antibalas es algo que nadie puede obviar. “¿Y cómo funciona?”, preguntó la niña
de las coletas, acercándose con su escopeta biónica. “Se pone en marcha cuando
el caballo anda”, explicó el de la metralleta. “¿Sólo cuando el caballo anda?”,
inquirió la niña. “Sí”, admitió el de la metralleta.
Pum-pum, dijo la escopeta de la niña, “cinco a cinco; tu
caballo está quieto, no hay escudo”, sentenció con una sonrisa.
Aplaudí mentalmente a la niña, sí señor. La inteligencia siempre ha sido el arma más poderosa del ser
humano; incluso en las tardes tranquilas de Septiembre.
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