Cada vez que sube mi coagulado órgano palpitante por la caverna veo intestinos por pozo y pastilla de jabón por lengua, y tu lengua es también. Y no pienso primero en morderte ese ovoide de jabón que aún no es lengua, sino novio de la muerte, y me pienso tabloide, fácil de tragar. Pero... ya me habías tragado.
Y la noche se convierte en un abismo donde chocan esquirlas de asteroides, impulsadas por fuerzas de pulsión y colisión previas. Fuerzas de... angustia, que brotan de corazones atrapados por cervales ramajes, que marcan el camino entre el vampirico éxtasis que dibuja el discurrir del vino por las venas de tus huesos y el raíl olvidado donde se pintan cada mañana dos círculos egocéntricos sobre fondo blanco que dejan poemas muertos en pomos sobre ceniza, sobre vísceras por grasa. Cuan dulce es el aceitado motor de un sueño infantil violado y desgarrado en el nido sobre el que sobrevuela rapaz el ave de sus padres.
Y morimos en gálatas y suicidas escorzos, en esas imposibles configuraciones figurativas en las que solo es posible quedar en el vacío, abstracto. A menos..., a menos que nos agarremos los genitales, e intentemos arrancarlos, cual mala hierba, hasta estar seguros de estar bien despiertos y agarrando
bien fuerte nuestro páncreas, mientras éste segrega sustancias de rechazo, en busca de nuestro propio desarraigo.
Admiro la eutaxia helicoide de la luz, y el agua, y el carbón, y si me es posible una colosal muestra del nuevo significado de la palabra orina, o del viejo significado de la palabra profesional, o bien de un rico té de la Siracusa de los cuarenta años que nunca he vivido. Seguro que los dragones cultivan campos de cultivo en sus escamas verdes, y el virus que nos reside es una mujer (lo siento) dibujada por la ceniza resultante de hacer arder cabalgando) una manzana de cera podrida en un convento de manzanas sanas.
Silencio
En el queda implícito un fugaz y egoísta pensamiento, mi mano izquierda sabedora de intenciones arrastra a la tuya, deslizándola de hierro, fuera del campo de minas, alambrada y espinas que configuran un yermo campal donde cariacontecen los movimientos sutiles, el erotismo de la palabra, los tubos de acero amarillo donde estudie la humillación y el minuscidio y las lágrimas de tinta que sigo arrojando a veces desde el petróleo inmundo de mis ojos abalaustrados por la soma.
Ahora que puedo no quiero reírme, como si me mereciera la penitenciaría carnal de mis labios. Pero tampoco quiera polvo blanco en su tocador, y deje de coquetear con sus pastillas, para derretir la escarcha que sustenta la seda que atraviesa nuestros labios, posándose sobre ellos, como un cristal estallado que sana desangrándose en un charco canceroso en el que escupimos y no escupen filtros de pantalla del sonido inamovible de una gota de nicotina sobre tres cuartas partes de agua corrida por los caminos de la larga lluvia de verano.
Hundámonos en esa neblina oscura, que contiene esta nube carmesí en la voluptuosidad del vacío
íntimo, donde no hay más mares que el vino y mas ojos que el Panóptico, arrastrándose cual nido de
alacranes hasta las comisuras del papel.
Porque la inercia de lo inerte les ha enseñado que el futuro nos es más que una mentira yacente sobre el cuerpo del pasado. La fotocopia de la fotocopia de una mentira, siempre reclamada como insidia al fuego hebreo de la calumnia.
Ruido
Sabia la savia de la xilografía en sus formas angulosas crecía en la hierba desgranada en la hierba, primitiva en la nada, la razón el vacío, pensé mientras me desangraba el cuchillo baldío. Focalizar mis ojos en el estallido facetado de mis restos, para hacerlos nuestros de la manera en que no sean nuestros, mientras nada es nuestro. Pero el deber llama a la llama del arresto, y finalmente no queda mas que la inexistencia de quien ésto está escribiendo, de la hoja sobre la que escribe, del acto infinito de escribir, de la tinta que mancha aleatoriamente el papel, del acto, de la aleatoriedad, de la mancha y del propio arresto.
Y mientras me desangraba la luz infante, acepté el cuchillo. Pero la trágica inoperancia de mi sentido del sacrificio, sombra mariana del rechazo y la persecución por Jesucristo, me ha llevado a enterraros a todos en una tumba vacía, titulada por el telón de mi nombre Ella.
Borja Quintana
Mierda registrada
Mierda registrada
No hay comentarios:
Publicar un comentario