Descubro el suave aroma
de su cuerpo, yacente lo cojo y después penetro la niebla ruborizada
que le rodea, mis dedos acaban por acariciarlo, trémulos, arqueados,
excitados, amontonados... Y abren su incisión rápidos y precisos
como la grulla entre sus vísceras. Llega a mi en su primitiva rueda
el dado predeterminado, ausencia de todo azar, con sus seis caras
mirándome aguileñas y zurdas, recelosas de la última, algo más
sutil y menos plástica, confundida de fenómenos por el resto, en su
puro paralogismo.
Me centro en ella, sin
duda las caras que más guardan son aquellas cuyos rostros esconden
la inteligencia, pienso en Stalin, y esa sin duda era la cara, a la
vanguardia de la abstracción, del realismo, de la nada. Esa no es mi
facha, pero si mi rostro, y me registro el cerebro en busca de una
posibilidad grotesca y rebuscada pero no soy médico, ni químico, y
mis nociones de filosofía rayan el absurdo de una linea de cocaína
en un cerebro que pertenece a una personalidad límite, tal vez
dibujando el rostro de un disminuido sobre la ecuestre figura de
quien se alzó en la Marcha sobre Roma.
Pero siempre me he
sentido más atraído por los poliedros irregulares y sus juguetes
rotos, posiblemente por ser un bastardo. Y esa niebla se humedece y
sobre el asfalto cae gota a gota la lluvia de verano que produce
ondas sobre el mar que destila nuestras lágrimas. Y por lo tanto,
incido en el estudio de la herida, pretendo entender como se ejecutó
tal mutilación, la examino al aliento de una mirada, a golpe de
contaminar un cuerpo corrupto antes, ahora y en su futuro. Aunque en
éste, ya muy próximo, la putrefacción y la descomposición hayan
dibujado ya un agujero de gusano, donde suenan ahora unos raíles
abrasándose en un fuego torturado.
Levanto el cuerpo inerte,
como si de un pesado saco de yeso leve e ingrávido se tratase,
siendo consciente de la tradición inoperante de ignorar la
contradicción y la falsedad física de la existencia de quien solo
nos rodea el cuello, y por una soga. Soy plenamente consciente de que
mi estado moral y mental es terminal sino grave. Monto el cuerpo bajo
mis hombros, lo arrastro sobre mi pecho, y comienza a gemir.
El perfume de mi lasciva
capacidad de reflexión me lleva a abandonar el hábito del padre
Brown, reescrito sin Chesterton, para tomar el hálito del número
cinco y del número seis. Un pensamiento que bien podría ser
trasladado por mi mismo hasta cuestionarme mi movimiento, tal cual
era en los últimos instantes en los que mis ojos centelleaban el
gozo, antes de posarse exorbitados y lacerados por su acristalado y
estallado aspectos sobre su vísceras de sangre. En otro sentido, mi
pasividad maquiavélica marcaba una rigurosa promoción laboral que
terminaba en una última llamada, donde recogían los cadáveres de
la purga. Aquel no era uno de ellos.
Los cuerpos más bellos
tienden a la concentración química. Aquel si era uno de ellos, y a
quien esperase descripción le atravesaría facetados los ojos con
planos angulares de una figura tumbada sin punto de giro posible en
su olímpica suficiencia onanista, y a mí devorando saturnino un
bocado de cruda carne, pasada ya de fecha. Y llega la hora de la
sopa, pero lo que yo quiero no sopa.
¿Quien saber quien eres
maldito cabrón? Pero me pierdo en procurarla cuando ya está muerta.
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