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sábado, 20 de abril de 2013

SAGA NECROFILIA – DONDE NACE LA CARICIA

Descubro el suave aroma de su cuerpo, yacente lo cojo y después penetro la niebla ruborizada que le rodea, mis dedos acaban por acariciarlo, trémulos, arqueados, excitados, amontonados... Y abren su incisión rápidos y precisos como la grulla entre sus vísceras. Llega a mi en su primitiva rueda el dado predeterminado, ausencia de todo azar, con sus seis caras mirándome aguileñas y zurdas, recelosas de la última, algo más sutil y menos plástica, confundida de fenómenos por el resto, en su puro paralogismo.

Me centro en ella, sin duda las caras que más guardan son aquellas cuyos rostros esconden la inteligencia, pienso en Stalin, y esa sin duda era la cara, a la vanguardia de la abstracción, del realismo, de la nada. Esa no es mi facha, pero si mi rostro, y me registro el cerebro en busca de una posibilidad grotesca y rebuscada pero no soy médico, ni químico, y mis nociones de filosofía rayan el absurdo de una linea de cocaína en un cerebro que pertenece a una personalidad límite, tal vez dibujando el rostro de un disminuido sobre la ecuestre figura de quien se alzó en la Marcha sobre Roma.

Pero siempre me he sentido más atraído por los poliedros irregulares y sus juguetes rotos, posiblemente por ser un bastardo. Y esa niebla se humedece y sobre el asfalto cae gota a gota la lluvia de verano que produce ondas sobre el mar que destila nuestras lágrimas. Y por lo tanto, incido en el estudio de la herida, pretendo entender como se ejecutó tal mutilación, la examino al aliento de una mirada, a golpe de contaminar un cuerpo corrupto antes, ahora y en su futuro. Aunque en éste, ya muy próximo, la putrefacción y la descomposición hayan dibujado ya un agujero de gusano, donde suenan ahora unos raíles abrasándose en un fuego torturado.

Levanto el cuerpo inerte, como si de un pesado saco de yeso leve e ingrávido se tratase, siendo consciente de la tradición inoperante de ignorar la contradicción y la falsedad física de la existencia de quien solo nos rodea el cuello, y por una soga. Soy plenamente consciente de que mi estado moral y mental es terminal sino grave. Monto el cuerpo bajo mis hombros, lo arrastro sobre mi pecho, y comienza a gemir.

El perfume de mi lasciva capacidad de reflexión me lleva a abandonar el hábito del padre Brown, reescrito sin Chesterton, para tomar el hálito del número cinco y del número seis. Un pensamiento que bien podría ser trasladado por mi mismo hasta cuestionarme mi movimiento, tal cual era en los últimos instantes en los que mis ojos centelleaban el gozo, antes de posarse exorbitados y lacerados por su acristalado y estallado aspectos sobre su vísceras de sangre. En otro sentido, mi pasividad maquiavélica marcaba una rigurosa promoción laboral que terminaba en una última llamada, donde recogían los cadáveres de la purga. Aquel no era uno de ellos.

Los cuerpos más bellos tienden a la concentración química. Aquel si era uno de ellos, y a quien esperase descripción le atravesaría facetados los ojos con planos angulares de una figura tumbada sin punto de giro posible en su olímpica suficiencia onanista, y a mí devorando saturnino un bocado de cruda carne, pasada ya de fecha. Y llega la hora de la sopa, pero lo que yo quiero no sopa.

¿Quien saber quien eres maldito cabrón? Pero me pierdo en procurarla cuando ya está muerta.

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