| Día Mundial de Parkinson |
Cuando se la diagnosticaron, Antoñito acababa de cumplir los
treinta. Llevaba unos meses encontrándose mal, con mareos y sensaciones
extrañas en el cuello. Un problema de cervicales, sin duda, que le traía por la
calle de la amargura y que muchos sábados, cuando nos juntábamos para jugar al
fútbol, le impedía acudir y ponerse de portero, que era lo que más le gustaba,
aunque de jugador de campo también protagonizó algún que otro momento
memorable, como aquel golazo a lo Zidane que nos dejó boquiabiertos y ojipláticos o el día
que salió a jugar sin pantalones, sólo con los calentadores, bien apretadito,
como los ciclistas, porque se los había dejado en casa.
Una noche, mientras tomaba unas copas con unos amigos, sus
amigos se sorprendieron de lo mucho que tardaba en volver del baño. Tras las
coñas de rigor, uno fue a ver si todo iba bien. Se lo encontró tirado en el
suelo, desvanecido. No era la primera vez que le pasaba.
Hace un par de años nos encontramos en la oficina. Le habían
trasladado a otro edificio, así que ya no nos veíamos tanto como antes. Tres
abrazos y dos “qué bien te veo” después y me suelta la bomba: tengo Parkinson.
¿Pero cómo es posible? ¿Tan joven? Parkinson precoz, me dijo; “menuda jodienda,
tú”, no me salió nada más de la garganta.
Y me explicó que estaba peleando por conseguir la invalidez,
porque el lado derecho del cuerpo lo tenía casi paralizado. Recuerdo su mano,
ahora doblada, retorcida y pegada a su cuerpo, antes mano salvadora, que
siempre llegaba a desviar ese balón antes de convertirse en gol.
Hoy, Día Mundial del Parkinson, me acuerdo de mi compañero
de trabajo Antoñito, al que hace muchos meses que no veo, y que espero que haya
conseguido la invalidez. Ese Antoñito que ya no volverá a jugar de portero
nunca más y al que deseo, con todo fervor, que siga manteniendo la sonrisa los
días que la vida se lo permita.
* La imagen que acompaña este artículo procede de esta página
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