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| Blood Bowl |
Por Tom el Afortunado.
¡Buuummm! El estruendo
del metal contra el metal me hace girar la cabeza hacia el lugar de donde
proviene el ruido. Uno de los nuestros ha sido placado por dos enanos en una
perfecta colaboración, mientras el uno le sujetaba del brazo el otro le ha
embestido el estómago con el casco por delante. El placado, desequilibrado y levantado
en el aire un par de metros por el enano que le ha golpeado, ha soltado el
balón, que ahora rebota a un par de metros de donde se ha producido la
colisión.
Un tercer enano corre
hacia el balón caído, la cara congestionada por el esfuerzo y la falta de aire;
esa armadura que le oprime el pecho sería perfecta para él si pesara 25 kilos
menos. Su objetivo es el balón, está claro, no existe nada más. Nos damos
cuenta cuando el placado le aterriza encima. Otro golpe de metal contra metal,
carne lacerada, hueso quebrado y tierra humedecida. El enano yace boca abajo,
con la cara semienterrada, completamente inmóvil; el humano que le ha caído
encima levanta la cabeza, justo a tiempo para que otro enano le estampe una
bota con puntera metálica en toda la boca. Una mezcla de sangre y fragmentos de
diente traza un arco rojizo que salpica a los que están cerca. Pegan duro estos
enanos, malditos sean. Ahora sí, el tipo ha quedado tendido boca abajo,
inconsciente en el mejor de los casos.
La grada celebra el golpe
con aplausos y vítores; la multitud enfervorecida se aferra a los barrotes, meneando
las vallas de manera alarmante. No me preocupo por ellos, por supuesto. Ojalá
la valla les caiga encima a todos y los deje secos. Lo que me aterra es que
puedan invadir el campo. Sedientos de sangre como están, enfrentarse a ellos
sería luchar por sobrevivir. Siento la salpicadura de un líquido caliente en el
brazo izquierdo. “Espero que se trate de ese vino tan especiado que tanto gusta
por aquí”, pienso según giro la cabeza para ver de qué se trata. El color es
rojizo, podría ser vino, sí, aunque la espesura del líquido me contradice. Sangre.
El infortunado sujeto del que proviene está siendo literalmente machacado
contra los barrotes que nos separan del público a los que nos sentamos en el
banquillo. Pobre diablo, se encontraba en el lugar equivocado a la hora
equivocada. “Igual que yo”, pienso con ironía.
Mi atención regresa al
campo, a uno de los nuestros, un tipo no muy alto pero con unos brazos
tremendamente fuertes. El derecho protegido por una armadura, desde el hombro
hasta la mano; el izquierdo, al aire, carne mortal esperando ser agredida. En el
hombro descubierto un tatuaje con el número siete en color azul.
El tipo esquiva con
facilidad a un enano que se le venía encima, ya trastabillado por la carrera
que se había dado. Con una simple finta de cadera evitó el único obstáculo que
se interponía entre él y el balón. Echa un rápido vistazo a su alrededor y se
agacha a por él. Lo coge con la mano derecha y se lo cambia de mano. Endereza la
espalda y lleva el brazo izquierdo hacia atrás, con la mano derecha también
sujetando el balón. Mira por encima de las cabezas que tiene delante y suelta
el brazo, lanzando el balón lejos, muy lejos, a la otra zona del campo, donde otro
de los nuestros está haciendo gestos con una mano: “estoy solo, tío, pásamelo”.
El balón surca el aire. Mis
sentimientos son contradictorios; por un lado, querría que atrapara el balón y
anotara el touchdown. Aunque no conozca de nada a esta gente su ropa es del
mismo color que la mía. Suficiente diferencia para establecer un “nosotros” y
un “ellos”, ¿no? Si anota, nos pondremos por delante.
Por otro lado, si atrapa
el balón y anota, me tocará salir a jugar. O a morir. O a matar. Así es el
Blood Bowl.
* La imagen que acompaña este artículo procede de esta página

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