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martes, 23 de abril de 2013

Blood Bowl II


Blood Bowl

Por Tom el Afortunado.
 
¡Buuummm! El estruendo del metal contra el metal me hace girar la cabeza hacia el lugar de donde proviene el ruido. Uno de los nuestros ha sido placado por dos enanos en una perfecta colaboración, mientras el uno le sujetaba del brazo el otro le ha embestido el estómago con el casco por delante. El placado, desequilibrado y levantado en el aire un par de metros por el enano que le ha golpeado, ha soltado el balón, que ahora rebota a un par de metros de donde se ha producido la colisión.
Un tercer enano corre hacia el balón caído, la cara congestionada por el esfuerzo y la falta de aire; esa armadura que le oprime el pecho sería perfecta para él si pesara 25 kilos menos. Su objetivo es el balón, está claro, no existe nada más. Nos damos cuenta cuando el placado le aterriza encima. Otro golpe de metal contra metal, carne lacerada, hueso quebrado y tierra humedecida. El enano yace boca abajo, con la cara semienterrada, completamente inmóvil; el humano que le ha caído encima levanta la cabeza, justo a tiempo para que otro enano le estampe una bota con puntera metálica en toda la boca. Una mezcla de sangre y fragmentos de diente traza un arco rojizo que salpica a los que están cerca. Pegan duro estos enanos, malditos sean. Ahora sí, el tipo ha quedado tendido boca abajo, inconsciente en el mejor de los casos.

La grada celebra el golpe con aplausos y vítores; la multitud enfervorecida se aferra a los barrotes, meneando las vallas de manera alarmante. No me preocupo por ellos, por supuesto. Ojalá la valla les caiga encima a todos y los deje secos. Lo que me aterra es que puedan invadir el campo. Sedientos de sangre como están, enfrentarse a ellos sería luchar por sobrevivir. Siento la salpicadura de un líquido caliente en el brazo izquierdo. “Espero que se trate de ese vino tan especiado que tanto gusta por aquí”, pienso según giro la cabeza para ver de qué se trata. El color es rojizo, podría ser vino, sí, aunque la espesura del líquido me contradice. Sangre. El infortunado sujeto del que proviene está siendo literalmente machacado contra los barrotes que nos separan del público a los que nos sentamos en el banquillo. Pobre diablo, se encontraba en el lugar equivocado a la hora equivocada. “Igual que yo”, pienso con ironía.

Mi atención regresa al campo, a uno de los nuestros, un tipo no muy alto pero con unos brazos tremendamente fuertes. El derecho protegido por una armadura, desde el hombro hasta la mano; el izquierdo, al aire, carne mortal esperando ser agredida. En el hombro descubierto un tatuaje con el número siete en color azul.
El tipo esquiva con facilidad a un enano que se le venía encima, ya trastabillado por la carrera que se había dado. Con una simple finta de cadera evitó el único obstáculo que se interponía entre él y el balón. Echa un rápido vistazo a su alrededor y se agacha a por él. Lo coge con la mano derecha y se lo cambia de mano. Endereza la espalda y lleva el brazo izquierdo hacia atrás, con la mano derecha también sujetando el balón. Mira por encima de las cabezas que tiene delante y suelta el brazo, lanzando el balón lejos, muy lejos, a la otra zona del campo, donde otro de los nuestros está haciendo gestos con una mano: “estoy solo, tío, pásamelo”.

El balón surca el aire. Mis sentimientos son contradictorios; por un lado, querría que atrapara el balón y anotara el touchdown. Aunque no conozca de nada a esta gente su ropa es del mismo color que la mía. Suficiente diferencia para establecer un “nosotros” y un “ellos”, ¿no? Si anota, nos pondremos por delante.
Por otro lado, si atrapa el balón y anota, me tocará salir a jugar. O a morir. O a matar. Así es el Blood Bowl.

* La imagen que acompaña este artículo procede de esta página

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