Toda una vida haciendo de especialista, saltando por las ventanas de los edificios, cayendo desde alturas imposibles, conduciendo coches que terminaban, inevitablemente, estrellados e, incluso, mostrando las nalgas para que las fláccidas posaderas de los protagonistas no salieran en pantalla.
Toda una vida haciéndolo y ahora me vienen con éstas, que no me muero bien, que no resulto creíble como muerto, gracias por venir, el abrigo del señor, que ya se va.
¿Que yo no me muero bien? Yo, que me he muerto de todas las maneras posibles, hasta de cinco maneras diferentes en la misma escena, en una de las batallas de Braveheart; me mataron dos veces como escocés y tres como inglés, una de ellas fue el propio Mel Gibson el que me abrió en canal con su espada. Y cuando gritó "corten", porque él también era el director de la película, me tendió la mano para ayudarme a que me levantara; me guiñó el ojo y me palmeó el hombro amistosamente. Eso no se le hace a alguien que no se muere bien.
En la primera parte de Robocop me acribillaron a balazos; tres cargadores me vació el protagonista en el estómago, ra-ta-ta-ta-ta, y las bolsas con esa mezcla de sangre artificial y gelatina de fresa volaban por los aires que daba gusto, mientras yo me retorcía un par de veces antes de caer al suelo. En Alien III sustituí a uno de los presos que se zampaba el bicho, en Godzilla me aplastó la zarpa del monstruo y en Piratas del Caribe me devoró el kraken.
He sustituido el culo de tantos actores que ya no lo siento como propio. De hecho no lo es, es propiedad del banco, como estipula la cláusula 28 de mi hipoteca. Mi esposa ya no tiene fantasías con las estrellas; las nalgas de los actores le resultan demasiado familiares.
Y ahora, más de treinta años después de dedicación, contracturas, lesiones, inclemencias meteorológicas, escaso salario e ingratitud, ¿os atrevéis a decirme que no me muero bien?
Así están las cosas, me responden, encogiéndose de hombros.
No, así no están las cosas, les digo, mientras cojo mi abrigo. Las cosas van a estar mucho peor, afirmo, sacando la katana que siempre llevo encima, recuerdo de mi participación en Kill Bill.
Cómo le cambia la cara al tipejo repeinado, y qué maravilla ver temblar al de los rizos. Zas, zas, dos rápidos tajos, uno de ida y otro de vuelta; el saldo de hijosdeputa se ha reducido en dos unidades. "Corten", me digo a mí mismo; nunca mejor dicho.
Limpio la katana en la americana del repeinado mientras les miro a la cara. ¿Así es como hacéis de muertos?
¿Veis como no tenéis ni puñetera idea?
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viernes, 21 de junio de 2013
jueves, 20 de junio de 2013
Cosmología
La soledad es un número primo, múltiplo de cero y hermano de la tristeza; vecina de la calle melancolía, en el barrio de los desamparados, a dos minutos caminando de la plaza de los dolores.
La alegría es perfectamente divisible por dos, cuatro, ocho o dieciseis; tiende al infinito y su límite es desconocido. Reside en cada rincón del planeta, a menudo oculta tras ingentes toneladas de miseria.
La ausencia es una estrella sin brillo, vértice de una galaxia carente de firmamento, que limita al norte con el recuerdo, al sur con la desesperanza, al este con la libertad y al oeste con Doña Paca, la del quinto.
El futuro es un sobre vacío, un saco con fondo, una playa asfaltada y un océano de muerte. Organizado, eso sí, con precisión suiza y austeridad germana.
El amor es un cuento chino en occidente, un camelo europeo en Sudamérica, una fábula escandinava en Oriente Próximo, un mito americano en Japón, una lata de coca-cola en Norteamérica, y el sueño del hombre blanco en África.
El área del sexo es horizontal por vertical dividido por dos.
La felicidad es un cofre pirata de plástico enterrado en las alcantarillas de Nueva York; el mapa que conduce a ella se encuentra en el interior de una tarjeta de crédito.
La vida es homófoba, racista, machista, ingrata, injusta, cruel, dura y, sobre todo, puta, muy puta. Sin embargo, hay días que parece hasta maravillosa.
La locura viste de negro, con zapato de tacón alto, casi vertiginoso, pantalón con raya, falda impoluta, camisa blanca a la plancha y corbata, claro. Sin ella, sin la corbata, sería simple estupidez.
El talento son dos tetas de goma, un culo postizo y unos músculos hipertrofiados.
La sociedad es esa mierda en la que estudiar no sirve nada más que para elegir a qué país emigrar.
La lucha es el oxígeno del ser humano.
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La alegría es perfectamente divisible por dos, cuatro, ocho o dieciseis; tiende al infinito y su límite es desconocido. Reside en cada rincón del planeta, a menudo oculta tras ingentes toneladas de miseria.
La ausencia es una estrella sin brillo, vértice de una galaxia carente de firmamento, que limita al norte con el recuerdo, al sur con la desesperanza, al este con la libertad y al oeste con Doña Paca, la del quinto.
El futuro es un sobre vacío, un saco con fondo, una playa asfaltada y un océano de muerte. Organizado, eso sí, con precisión suiza y austeridad germana.
El amor es un cuento chino en occidente, un camelo europeo en Sudamérica, una fábula escandinava en Oriente Próximo, un mito americano en Japón, una lata de coca-cola en Norteamérica, y el sueño del hombre blanco en África.
El área del sexo es horizontal por vertical dividido por dos.
La felicidad es un cofre pirata de plástico enterrado en las alcantarillas de Nueva York; el mapa que conduce a ella se encuentra en el interior de una tarjeta de crédito.
La vida es homófoba, racista, machista, ingrata, injusta, cruel, dura y, sobre todo, puta, muy puta. Sin embargo, hay días que parece hasta maravillosa.
La locura viste de negro, con zapato de tacón alto, casi vertiginoso, pantalón con raya, falda impoluta, camisa blanca a la plancha y corbata, claro. Sin ella, sin la corbata, sería simple estupidez.
El talento son dos tetas de goma, un culo postizo y unos músculos hipertrofiados.
La sociedad es esa mierda en la que estudiar no sirve nada más que para elegir a qué país emigrar.
La lucha es el oxígeno del ser humano.
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miércoles, 19 de junio de 2013
miércoles, 12 de junio de 2013
Relato sobre la ceguera
Breve relato de ficción con guión basado en el fantástico texto del Premio Nobel de Literatura de 1998, José Saramago, "Ensayo sobre la ceguera". La música que cierra el mismo es de Santana, "Samba pa ti".
martes, 11 de junio de 2013
Africanos
Para los occidentales, acostumbrados a simplificar las cosas al máximo, África se divide en dos zonas, el Magreb al norte, y África a secas, al sur. O sea, moros y negros. Siguiendo ese mismo razonamiento occidental, Europa quedaría dividida en rubios al norte y morenos al sur.
África, la zona sur, la negra, para la mayor parte de los occidentales, no es un continente, sino un país, casi un pueblo; habitado por los africanos, personas (a veces) que tienen un comportamiento idéntico, ya sean de Etiopía o de Namibia.
Por eso la mayor parte de los occidentales puede leer en sus periódicos que "los africanos hacen esto o hacen lo otro" así, en general, da igual la etnia, tribu o pueblo al que nos refiramos. Los africanos viven en África y son negros, ¿no? Pues ya está.
Pensemos, por un momento, que nosotros fuéramos el objeto de ese razonamiento, que los periódicos japoneses, por ejemplo, hablaran de los europeos para explicar nuestras costumbres invernales, cuando nos damos baños terapéuticos en las heladas aguas de los lagos que rodean nuestras cabañas, brindando con vodka destilado por nosotros mismos y comiendo una pizza cocida en horno de piedra. Así somos, en general, los europeos que, como todo el mundo sabe, somos los habitantes de Europa, rubios al norte y morenos al sur.
¿Ridículo, verdad?
¿O sólo es ridículo cuando lo hacen los demás?
África, la zona sur, la negra, para la mayor parte de los occidentales, no es un continente, sino un país, casi un pueblo; habitado por los africanos, personas (a veces) que tienen un comportamiento idéntico, ya sean de Etiopía o de Namibia.
Por eso la mayor parte de los occidentales puede leer en sus periódicos que "los africanos hacen esto o hacen lo otro" así, en general, da igual la etnia, tribu o pueblo al que nos refiramos. Los africanos viven en África y son negros, ¿no? Pues ya está.
Pensemos, por un momento, que nosotros fuéramos el objeto de ese razonamiento, que los periódicos japoneses, por ejemplo, hablaran de los europeos para explicar nuestras costumbres invernales, cuando nos damos baños terapéuticos en las heladas aguas de los lagos que rodean nuestras cabañas, brindando con vodka destilado por nosotros mismos y comiendo una pizza cocida en horno de piedra. Así somos, en general, los europeos que, como todo el mundo sabe, somos los habitantes de Europa, rubios al norte y morenos al sur.
¿Ridículo, verdad?
¿O sólo es ridículo cuando lo hacen los demás?
domingo, 9 de junio de 2013
Blood Bowl. Las Aventuras de Tom el Afortunado V
Por Tom el Afortunado.
Oigo el impacto de la
bota del lanzador contra el balón y supongo que, ahora mismo estará volando por
el aire, hacia el campo de los enanos. Digo que lo supongo porque mi mundo ha
quedado reducido al rugiente enano que tengo delante que, con un bramido
estruendoso se ha lanzado a por mí. Sus pequeñas, fuertes y retorcidas piernas
han actuado como un resorte, impulsando esa bala barbada hacia su objetivo: yo.
Siento la descarga de la
adrenalina en mi estómago, un calor que inhibe todo pensamiento lógico y
concentra todas las energías de mi cuerpo en sobrevivir. Actúo, sin más. Me desplazo
ligeramente hacia mi derecha, para que el enano impacte contra el aire en vez
de contra mis rodillas. Aprovecho el movimiento para empujar con fuerza al
enano con mis manos, que apoyo en sus hombros. El enano, ya de por sí
desequilibrado por culpa de mi finta, pierde totalmente el equilibrio con mi
empujón. Por si acaso el cabrón es tan duro como su aspecto indica, le pateo el
culo para asegurarme de que termina en el suelo.
Allá va, resbalando entre
barro y hierba machacada, con la cara enterrada en el lodazal. Tengo tiempo
para echar un rápido vistazo a mi alrededor, aunque apenas consigo distinguir
nada. La actividad es frenética, se suceden los golpes, los gritos de dolor y
los salvajes alaridos de triunfo.
Alguien cae cerca de mi posición, salpicándome
de barro. El golpe ha sido seco, como un fardo que cae al suelo desde lo alto
de un granero.
El enano tuerto se está
incorporando, han sido apenas unos instantes de calma. La mirada que me echa,
entre el barro que le impregna todo el rostro es de odio absoluto. Sé que no
debería dejar que se levantara; puede que no tenga otra oportunidad así. Maldigo
mi estupidez. En vez de haber contemplado el paisaje, como si la cosa no fuera
conmigo, debería haberme asegurado de que el enano quedaba fuera de combate. No
volverá a suceder.
Mi intención es patearle
mientras aún sigue en el suelo. Su posición, con el hombro derecho todavía
hundido en el fango y las rodillas clavadas en la tierra, es inmejorable para
machacarle las costillas. Sin embargo, el enano gira los hombros de manera
inesperada, lanzándome barro a la cara con su mano derecha. Instintivamente cierro
los ojos, giro la cabeza y levanto las manos para protegerme. No ha logrado
cegarme, creo, pero sí distraerme lo suficiente.
El golpe me deja sin
respiración, una patada en la boca del estómago me dobla las rodillas y me hace
inclinar la cabeza hacia adelante. El maldito enano es mucho más rápido de lo
que parece. Todavía sigue arrodillado, con la pierna que me ha golpeado en el
aire y una mano apoyada en el barro, para guardar el equilibrio. Apenas logró
ver el movimiento de su bota, sólo noto el golpe.
Caigo boca arriba,
aturdido y sin resuello. Parpadeo con lentitud, intentando apagar los chispazos
azulados que bailan delante de mis ojos. La bota me ha golpeado justo debajo de
la oreja izquierda; afortunadamente, me ha impactado con el empeine y la
puntera metálica apenas me ha rozado. El pitido que tengo en el oído es
ensordecedor.
Veo el cielo o, al menos,
lo intuyo. Hay una sombra que me obstaculiza la visión. Es el enano, que viene
a rematar la faena.
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viernes, 7 de junio de 2013
En la penúltima marea verde
![]() |
| I love clicks |
La defensa es verde, a diferencia del presente, gris oscuro casi negro, "negro sotana", matiza alguien. "Negro España", añade otro. "¿Acaso han estado las aulas libres de religión alguna vez?", pregunta.
Maestros, alumnos y familiares tienen claro que lo importante de esta nueva ley es que devuelve la educación española a la década de los cincuenta del siglo pasado. Que la religión cuente para nota es una anécdota. En el mundo se hablaba del milagro educativo español, de cómo en apenas veinte años, desde el restablecimiento de la democracia, la educación en España había mejorado tanto en tantos aspectos diferentes. La LOMCE va a acabar con todo esto.
Un niño levanta su brazo izquierdo, donde su madre ha escrito su nombre y el número de su teléfono móvil, por si se pierde entre la multitud, una verdadera muchedumbre unida y verde, la comunidad educativa al completo, desde infantil a la universidad, niños y jóvenes, chupetes y cigarrillos, todos contra la LOMCE.
El niño sigue con su brazo en alto, las letras de su nombre de un lado a otro, al son de la música que su madre, maestra, tararea para él. "Adrián defiende la escuela pública, la de tod@s", reza la pancarta que sostiene su manita.
Adrián, como casi todos los demás presentes, lleva una camiseta de color verde. Del color de la defensa de la educación pública. Del color del futuro.
* La imagen que acompaña este artículo se utiliza con el permiso de I love clicks
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